Ejemplos ?
Concluyó por fin el banquete con vino blanco y bizcochos, y mientras el fraile y mis tíos se fueron a dormir la siesta y mis primas a vestirse para ir a vísperas, yo me largué al campo a tomar el aire, que buena falta me hacía.
En la Chacarita estudiábamos poco, como era natural; podíamos leer novelas libremente, dormir la siesta, salir en busca de camuatís; y, sobre todo, organizar con una estrategia científica, las expediciones contra los ""vascos".
ajo los sauces, el asador estaba plantado, frente a la puerta de la cocina de los peones, y éstos -cinco o seis gauchos- en cuclillas, unos, otros parados, con el cuchillo en una mano y un pedazo de carne en la otra, acababan su frugal almuerzo, antes de ir a dormir la siesta.
Holgazanes, siempre se echaban en tibios lugares para dormir la siesta y por las noches salían a reproducirse entre escándalos diabólicos, pues la gente que creía en agüeros, así lo pregonaba, y en los más secretos escondrijos, las crías cada vez con mayor cociente intelectual, adelantándose a los perros, crecían.
En toda esa mañana no hizo nada. Almorzó y subió a dormir la siesta. Los peones volvieron a las dos a la carpición, no obstante la hora de fuego, pues los yuyos no dejaban el algodonal.
Vamos a dormir la siesta al sol, y cuando nos despertemos, aquel que le sude la barriga miel, no hay más sino que es el que se la ha comido.
Y el que tenía qué, se puso a comer, y el que había comido ya, se tendió a dormir la siesta o a chupar el clásico cigarro delante de una taza de café.
Hoy después de comer me fui a dormir la siesta acostumbrada, que nunca baja de un par de horas; pero no había pasado una, cuando me despertó el pícaro gusanillo...
Terminada la comida antes de las tres, don Lesmes, reventando de lleno, se fue a dormir la siesta, acompañándole al cuarto don Félix, que cerró cuidadosamente la ventana para que no le molestara la luz, y salió, apoderándose del reloj del tragaldabas y diciendo que él iba también a dormir una buena siesta.
Pero en lugar de ir a dormir la siesta, Samaniego se entretuvo en poner el reloj de don Lesmes y el del comedor las nueve, en cerrar con el mayor esmero todos los balcones y ventanas de la casa y encender la lámpara del comedor, mientras las criadas hacían todas las transformaciones necesarias para la cena.
Broma comenzaba a ser la mía para el padrastrillo. Celia, mi tía mayor, que había concluído de dormir la siesta, cruzó el patio y Alfonso la llamó en silencio con la mano.
Blas para conservar ilesa la prenda que se le dio en depósito, al primer arrumaco que a quemarropa lanzó el fogoso muchacho sobre la inflamable doncella, no se hizo ella de pencas, y cada domingo la enamorada pareja aprovechaba de la hora en que el tutor, como buen hijo de la perezosa España, acostumbraba dormir la siesta, para darse un hartazgo de palabras almibaradas y demás cosas que sospecho deben darse entre amantes.