detuve

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detuve


V detener
Ejemplos ?
No le dejé proseguir. Me detuve y le hablé con firme resolución: —Fray Ambrosio, se acabó mi paciencia. No tolero ni una palabra más.
«Hace cuatro años, al salir de Suiza, el ruido del ferrocarril me era insoportable. Entonces me detuve en una pequeña ciudad de Italia...».
En un recodo del camino real me estaba esperando el viejo Antonio, me detuve a su lado y báje la mochila buscando el tabaco para ofrecerle.
Me detuve bajo el balcón de madera para guarecerme de la llovizna, que comenzaba de nuevo, y a poco observé que la puerta hallábase entornada.
Charlando amistosamente nos dirigimos a la morada de Agatón, pero durante el trayecto, Sócrates, que se había puesto pensativo, fue quedándose atrás. Me detuve para esperarle, pero me dijo que siguiera adelante.
Y me detuve en la Universidad Estatal de Carolina del Norte, donde los ingenieros están listos para desarrollar nueva tecnología que mejorará incluso más esos motores.
ARÍA ABASCAL (Reminiscencias) Recorriendo ayer el salón de cuadros en el Palacio de la Exposición, después de admirar el magnífico retrato que de la cantatriz Luisa Marchetti pintó en Madrid el ilustre Federico Madrazo, me detuve ante otro retrato de mujer, hecho por humilde pintor peruano conocido con el nombre del maestro Pá- bulo, y que según entiendo fué hasta 1850, en que murió, el retratista mejor reputado en Lima.
Y como diez años atrás, sufrí la alucinación de que llevaba mi sombrero en la mano e iba a pasar delante de ella. Pasé, la puerta del palco estaba abierta, y me detuve enloquecido.
Habiendo recuperado mis fuerzas casi por completo, quise conocer aquel desierto, que era mayor de lo que suponía, y anduve por él largo rato, sin que nada nuevo excitase mi atención. Pero de repente me detuve ante lo más extraño que hubiese podido hallar allí.
Me detuve bajo el Arco del Triunfo para mirar la avenida, la larga y admirable avenida estrellada, que iba hacia París entre dos líneas de fuego, y los astros, los astros allá arriba, los astros desconocidos, arrojados al azar en la inmensidad donde dibujan esas extrañas figuras que tanto hacen soñar e imaginar.
¡Aquel era el cadáver del Barón, de mi padre! Me detuve como petrificado. Sólo entonces comprendí que desde primera hora de la mañana me habían conducido ciertas fuerzas ignotas, que yo me hallaba en su poder; y, durante unos momentos, no hubo en mi alma nada más que el incesante rumor del mar y algo de temor ante el destino que se había adueñado de mí...
Cuando yo entré alzó los ojos tristes y sombríos, cercados de una sombra violácea: —¿Por qué tal insistencia en venir esta misma noche? Herido con el despego de sus palabras, me detuve en medio de la estancia: —Siento decirte que es una historia de tu capellán...