Ejemplos ?
Habíamos llegado a Santa María y tuvimos que guarecernos en el cancel de la iglesia para dejar la calle a unos soldados de a caballo que subían en tropel: Eran lanceros castellanos que volvían de una guardia fuera de la ciudad: Entre el cálido coro de los clarines se levantaban encrespados los relinchos, y en el viejo empedrado de la calle las herraduras resonaban valientes y marciales, con ese noble son que tienen en el romancero las armas de los paladines. Desfilaron aquellos jinetes y continuamos nuestro camino.
Yo me aposté en la plaza de Bib-rambla, cerca del Zacatín, y pocos momentos después desfilaron ante mis ojos corporaciones, cofradías, niños de la Inclusa, cruces parroquiales y toda la brillante comitiva que sigue y precede al Santísimo Sacramento.
Ese mismo día el cuerpo aún tibio de la criatura estaba en poder del cuatrero y mientras la madre regresaba a la choza, llevando atada en las puntas de un pañuelo las monedas fruto de la venta, él, el padre, daba principio bebiéndose un gran vaso de aguardiente, a la celebración del velorio. Luego desfilaron por su cerebro los detalles de la orgía, esa vergonzosa bacanal en que tomara parte tan activa.
Sin embargo, irían más lejos en su carrera desenfrenada de soberbia y de burla a la Soberanía, aquellos hombres calificados de próceres orientales en la historia clásica, acaso porque en la República casi todos ellos desfilaron por Ministerios y Cámaras y alguno llegó hasta la primera magistratura.
De nuevo desfilaron por su cerebro, en procesión interminable, los días felices en el hogar y en la escuela, y los de luto y dolor que le siguieron; la trágica muerte del padre, víctima de un accidente en un taller de mecánica, y el fallecimiento de la madre que, incapaz de soportar las fatigas de un trabajo excesivo, iba a reunirse al amado esposo en el camposanto, dos meses después.
Logramos organizar un poderoso partido que se adueñó de la opinión de manera tan cabal como pudo verse cuando el 10 de noviembre, un domingo antes de las elecciones, desfilaron por todos los pueblos y ciudades de la República los millares, los millones de nuestros partidarios.
En la primera hora de quietud pensativa volvieron a mi mente escenas del pasado, fantasmas de los años muertos, recuerdos de lecturas remotas; luego lo particular cedió a lo universal; algunas ideas generales, como una teoría de musas que llevaran en las manos las fórmulas del universo, desfilaron por el campo de mi visión interior.
Ante sus ojos desfilaron imágenes caleidoscópicas y fantasmales que se diluían en el cuadro de un vasto abismo de insondable negrura, en donde giraban astros y mundos aún más tenebrosos.
Hubo que complacerle, y desfilaron ante nuestra sensibilidad los furiosos pasionales, los perseguidos, las histéricas sobreagudas, los inventores del movimiento continuo y de barcos submarinos perfectos, los megalómanos que se creen emperadores y archimillonarios, y las delirantes que se jactan de que las pretende el rey...
Ante aquel concurso lucidísimo se celebró según los ritos el desposorio; las caracolas, los gumuces, los atambores, resonaron estrepitosa y alegremente en torno del palacio; en la pagoda fueron inmoladas en sacrificio gacelas y vacas, y desfilaron ante el pórtico, en vistosa muestra, las tropas, carros, caballos, elefantes con sus torres, arqueros, infantes, el ejército entero del rey.
Comparsas, acomodadores, mozos de los casinos y Sociedades y hasta algún criado de casa particular -el de Nicolás Darío, verbigracia-, desfilaron, dejando a los pies de la Duchesini, ya unos ramilletes colosales, como ruedas de molino, con luengas cintas de seda y rótulos en letras de oro, ya coronas de follaje artificial.
Cuando desfilaron los últimos colegiales y quedó desierta la antecámara, miré instintivamente hacia la puerta de la alcoba, y vi a la Princesa que salía rodeada de sus hijas, enjugándose los ojos con un pañuelo de encajes.