Ejemplos ?
Pero cuando los enemigos son numerosos, si uno se agarra al terreno con la determinación de diezmarlos a todos, la pelea se resolverá deprisa.
Mientras estaban hablando, la Cenicienta oyó que el reloj daba las doce menos cuarto. Hizo una gran reverencia a los asistentes y se fue tan deprisa como pudo.
En el teatro escenas cortas mal dichas, o dichas deprisa, pueden parecer más largas que escenas realmente largas bien dichas y pronunciadas despacio.
No sé si me dejo algo a que contestar; si así fuese, en otra carta irá, pues a la hora que es ando deprisa por tener que formar una lista de los señores procuradores que no han llegado aún, y otra de los cordones sanitarios inútiles que hay en España, que cogerá algunos pliegos.
Yo respiraba con dificultad y, sin embargo, los policías no oyeron nada. Hablé más deprisa, con más vehemencia, pero el ruido aumentaba sin cesar.
Entretanto, uno de los valseadores, a quien llamaban familiarmente «vizconde», y cuyo chaleco muy abierto parecía ajustado al pecho, se acercó por segunda vez a invitar a Madame Bovary asegurándole que la llevaría y que saldría airosa. Empezaron despacio, después fueron más deprisa.
Emilia se la estrechó a su vez, parecía afligida, pero Jorge estaba aún más triste. El tiempo pasa deprisa cuando se trabaja; pero también cuando no se hace nada.
La octava noche fui más cuidadoso que de costumbre al abrir la puerta. El minutero de un reloj se mueve más deprisa de lo que se movía mi mano.
La princesa, cuya naturaleza lasciva se despertó deprisa, en cuanto percibió las musculosas proporciones de los miembros del mujik se inflamó de deseo, a pesar del aspecto sucio de aquél y sus vestiduras de campesino confeccionadas con pieles grasientas.
Los viajeros entran despacio; como muy enterados de la hora, están ya como en su casa; los que vienen a despedirles, si no han venido con ellos, entran deprisa y preguntando: –¿Ha marchado ya la diligencia?
A todo correr de su pierna útil y a todo sonar de su muleta, ganó el cojito los pasillos; aún más deprisa bajó las escaleras y aún no doblaba la esquina de la calle, cuando tornó a sonar el timbre en la casa de sus bienhechores y se presentó ante ellos la vieja lavandera.
Era en los momentos perdidos cuando se las daba, en la sacristía, de pie, deprisa, entre un bautizo y un entierro; o bien el cura mandaba buscar a su alumno después del Angelus, cuando no tenía que salir.