Ejemplos ?
Encendió una bujía, y colocando en torno de la luz una pantalla, se dirigió a la alcoba de puntillas; miró con precaución: Vigo descansa, el rostro vuelto a la pared, las ropas en desorden, caídas las almohadas, pero tranquilo, en apacible sueño: no osó García interrumpir su calma.
Pero en seguida se abrió la puerta y vi entrar a mi madrastra, en camisón de noche, y llevando una palmatoria en la mano. Andando de puntillas se acercó hasta mí, con un dedo en la boca como para imponerme silencio.
De puntillas, de puntillas, para no despertar a Piedad, entran en el cuarto de dormir el padre y la madre. Vienen riéndose, como dos muchachones.
Y vino la muerte, aquella muerte lenta, grave y dulce, indolorosa, que entró de puntillas y sin ruido, como un ave peregrina, y se la llevó a vuelo lento, en una tarde de otoño.
Y no habló con la criada: no le dijo que le contase el cuento de la niña jorobadita que se volvió una flor: un juguete no más le pidió, y lo puso a los pies de la cama y le acarició a la criada la mano, y se quedó dormida. Encendió la criada la lámpara de velar, con su bombillo de ópalo: salió de puntillas: cerró la puerta con mucho cuidado.
Los chiquillos, entonces, se apretaban alrededor del gran atril, se subían al entarimado del chantre, abrían el misal; y otros, de puntillas iban a meterse en el confesonario.
No recuerdo qué fechoría cometió Rafaelito el día que su padre le castigó privándole de salir a paseo, pero sé que el niño estaba muy contrariado; y como al extremo de la calle viera el bosque y se sintiera atraído y con deseos de correr por entre los árboles, se fue acercando a la puerta, andando de puntillas por no meter ruido; se escurrió, y a los pocos instantes se halló en campo libre.
Virginia despertó y contó sonriendo lo que había pasado. El niño había entrado de puntillas. Una vez cerca de la cama, se quedó examinando si la enferma dormía.
Como esta primera audacia le había salido bien, ahora cada vez que Carlos salía temprano, Emma se vestía deprisa y bajaba de puntillas la escalera que llevaba hasta la orilla del agua.
Jamás había imaginado el duendecillo una magnificencia como aquélla, jamás había oído hablar de cosa semejante. Por eso permaneció de puntillas, mirando hasta que se apagó la luz.
Se puso de puntillas, y miró por encima del borde de la seta, y sus ojos se encontraron de inmediato con los ojos de una gran oruga azul, que estaba sentada encima de la seta con los brazos cruzados, fumando tranquilamente una larga pipa y sin prestar la menor atención a Alicia ni a ninguna otra cosa.
Por la ventana entra la brisa, y parece que juegan, las mariposas que no se ven, con el cabello dorado. Le da en el cabello la luz. Y la madre y el padre vienen andando, de puntillas. ¡Al suelo, el tocador de jugar!