Ejemplos ?
Sor Simona murmuró con severa cortesía de señora antigua: —Este caporal es el Marqués de Bradomín. Los ojos alegres del viejo, me miraron con atención: —De oídas le conocía mucho.
Quiero aquí señalar que lo relativo al apartado B, en mi caso particular no tengo que hablar de oídas, porque formo parte del contingente de trabajadores nucleares del Comité Ejecutivo del Sindicato Único de Trabajadores de la Industria Nuclear, y nos a tocado probar de las dos sopas.
No así al gaitero, que era de suyo más torpe; pero en cambio, sabía tocar el « Ay, ay, ay, mutillac, » el cual aire se aceptó para rigodón, baile que ni de oídas conocía el violinista.
Diametralmente opuestas ambas empresas, en el fondo y en el fin, si los patriotas de septiembre quieren honrarse con el parentesco de los que yo guardo, piensen como ellos y como ellos obren, o, lo que es lo mismo, dejen las cosas como estaban muchos años ha, y no se metan en dibujos liberales que aquellos heroicos varones ni de oídas conocían.
Si el ministro afectado hubiese recurrido ante el Congreso, después de oídas las explicaciones presentadas y discutido el asunto y ampliada la interpelación, se votará sobre la ratificación de la falta de confianza, cuya aprobación requerirá el voto afirmativo de las dos terceras partes que integran el total de diputados al Congreso.
Puede decirse que la elaboración onírica se sirve, para la representación de las ideas latentes, de todos los medios que encuentra a su alcance, aparezcan o no lícitos a la crítica del pensamiento despierto, exponiéndose, de este modo, a las burlas y a la incredulidad de todos aquellos que sólo de oídas conocen la interpretación de los sueños, sin haberla ejercido nunca.
-»Ya viene el alba -dijo poco después Francisca, que fue a abrir las ventanas, como para poner cuanto antes fin a aquella espantosa noche. »Por más que digan los poetas, que por lo regular no conocen al alba sino de oídas, el alba es triste.
Ni aun preguntaba adónde le llevaban así; seguro estaba de que no era a cosa buena, porque ya conocía de oídas la siniestra fama del Zurdo, el cabecilla en cuyas garras había caído, y como no esperaba misericordia, quería al menos morir en actitud de caballero y de valiente.
Pues a pesar de esto, y a pesar de lo que me decía mi madre cuando le preguntaba qué era la guerra, la curiosidad infantil podía en mí tanto, que sentía no conocer la guerra más que de oídas.
Comprobé que todos la conocían de oídas, muchos de vista, pero como hacia escasas semanas que se hallaba en la ciudad, eran pocos los que afirmaban tratarla personalmente.
Había otros muchos, además; unos los conocía de oídas y otros le eran totalmente desconocidos, como los Manuscritos Pnakóticos, el Libro de Dzyan, y un tomo escrito en caracteres completamente incomprensibles, que contenía, sin embargo, ciertos símbolos y diagramas de claro sentido para todo aquel que estuviera versado en las ciencias ocultas.
Más sombrío que una noche de truenos, más engestado que un facineroso y más callado que un difunto. Pero el Caballero del Pez no conocía el miedo sino de oídas, y no volvía la espalda sino a los enemigos vencidos.