Ejemplos ?
¿Y osté cómo se arregla, compadre? -Pos ahí verá osté; como osté se arreglará fijamente: ¡comiéndose jasta las crines! -Y ahora, ¿hacia aónde se camina?
Los clarines sonaban rompiendo marcha, el viento levantaba las crines de los caballos, y la gente se agrupaba en las calles para gritar entusiasmada: —¡Viva Carlos VII!
Guardajoyas del misterio: el Caura y el Guaviare y el Vichada y el Meta, antemurales de la Tradición, caballos de San Marcos de los ríos de América. El quinto es la piedra que va monte abajo, potro desbocado, cola y crines negras, piedra de diamante, luminosa piedra.
En la distancia lo había confundido con un esplendoroso cometa, pero al verlo tan cercano vislumbré algo hermosísimo: Mariposas de alas color magenta iban formando una gran alfombra brillantísima, que daban paso a un fastuoso carruaje de platino, adornado con enormes diamantes y pequeños rubíes, conducido por seis blancos Pegasos; cada uno cubierto en el lomo por un pequeño manto de terciopelo guinda resplandeciente, con pequeños hilos de plata en sus orillas y sujetado al carruaje por correas tapizadas de deslumbrantes piedrecillas de color verde amarillento. En sus altivas cabezas llevaban una gran pluma de color anaranjado, semejante a un rayo solar que emanara de sus crines.
Íbase el buen caballero Sobre las crines tendido Recortándola un sendero, Con un venablo de acero A matarla apercibido; Y huía desalentada La cierva delante de él, Sintiendo desesperada La carrera aventajada Del poderoso corcel.
Él dice la lucha, la herida venganza, las ásperas crines, los rudos penachos, la pica, la lanza, la sangre que riega de heroicos carmines la tierra; los negros mastines que azuza la muerte, que rige la guerra.
En un tordillo fogoso, de africana yegua parto, que de alba espuma salpica el pretal, el pecho y brazos, que desdeñoso la tierra hiere a compás con los cascos, que una purpúrea gualdrapa con primorosos recamos, de felpa y ante la silla, en el testero un penacho, la cabezada y rendaje de oro y seda roja, y lazos en el cordón y en las crines soberbio ostenta y ufano, a combatir con el toro sale aquel señor gallardo.
De relieve está allí la ciudad modelo de La Plata, que apareció de pronto en el llano silvestre, con ferrocarriles, y puerto, y cuarenta mil habitantes, y escuelas como palacios Y cuanto dan la oveja y el buey se ve allí, y todo lo que el hombre atrevido puede hacer de la bestia: mil cueros, mil lanas, mil tejidos, mil industrias: la carne fresca en la sala de enfriar: crines, cuernos, capullos, plumas, paños.
El divino Alejandro, esposo de Helena, la de hermosa cabellera, vistió una magnífica armadura; púsose en las piernas elegantes grebas ajustadas con broches de plata; protegió el pecho con la coraza de su hermano Licaón, que se le acomodaba bien; colgó del hombro una espada de bronce guarnecida con clavos de plata; embrazó el grande y fuerte escudo; cubrió la robusta cabeza con un hermoso casco, cuyo terrible penacho de crines de caballo ondeaba en la cimera, y asió una fornida lanza que su mano pudiera manejar.
Carlos, en la calle, sujetaba sus espuelas sobre el mojón y ella seguía hablándole desde arriba, mientras arrancaba con su boca una brizna de flor o de verde que soplaba hacia él, y que revoloteando, planeando, haciendo en el aire semicírculos como un pájaro, iba antes de caer a agarrarse a las crines mal peinadas de la vieja yegua blanca, inmóvil en la puerta.
Mientras Afrodita sacaba a Eneas de la liza, el hijo de Capaneo no echó en olvido las órdenes que le diera Diomedes, valiente en el combate: sujetó allí, separadamente de la refriega, sus solípedos caballos, amarrando las bridas al barandal; y apoderándose de los corceles, de lindas crines, de Eneas, hízolos pasar de los teucros a los aqueos de hermosas grebas y entrególos a Deipilo, el compañero a quien más honraba a causa de su prudencia, para que los llevara a las cóncavas naves.
Así diciendo, el esclarecido Héctor tendió los brazos a su hijo, y éste se recostó, gritando, en el seno de la nodriza de bella cintura, por el terror que el aspecto de su padre le causaba: dábanle miedo el bronce y el terrible penacho de crines de caballo, que veía ondear en lo alto del yelmo.