Ejemplos ?
-dijo la dama-. En cuanto supe yo que tenía convulsiones, ¡cosa perdida! Así se nos quedó muerto un sobrinito monísimo, que era mi encanto...
Pareciera que la neblina bochornosa de esa mañana se esfumara en convulsiones tanáticas y dejara latente el pánico reprimido de las multitudes que caminan, como sin saber a dónde, llevando egoístas sus propios intereses endeudados y nada más, aislándose en su terror a perderse en la nada.
¿Por qué ha tornado distancia sus estruendos? ¿Qué pasa en la ciudad? (La ciudad está callada.) ¿Dónde las convulsiones de su angustia? ¿Y los tormentos de sus golpes?
La paz interior no es sólo la ausencia de convulsiones o de hechos que la perturben; debe ser una paz activa, que entusiasme al trabajo y estimule la producción y el ahorro.
—Sí —dije—, recuerdo bien su hilaridad. Creí realmente que sufriría convulsiones. —El mundo material —continúo Dupin— abunda en muy estrictas analogías con el espiritual; y así se ha dado algún color de verdad al dogma retórico de que la metáfora o el símil pueda ser empleada para dar más fuerza a un pensamiento o embellecer una descripción.
Hasta ahora se suceden los golpes cuartelarios en que un grupo de oficiales reemplaza a otro o a un gobernante que ya no sirva sus intereses de casta y a los de las potencias que lo manejan solapadamente pero no hay convulsiones populares.
“Yo tuve la honra de indicar a Ud. la necesidad de convocar un Congreso Provincial para plantar un orden fijo, y obstruir así los pasos a las convulsiones.
-exclamó Laura-. Dolores espantosos, acompañados de horribles convulsiones, han precedido su agonía; y helo ahí que está expirando.
La mujer, pero especialmente la mexicana, que es símbolo de abnegación y sacrificio cuando se la ve afrontar valientemente las vicisitudes de la vida, merece también que se le reconozcan las altas dotes de patriotismo y desinterés cuando interviene en nuestras convulsiones internas.
¡Lástima que tan agradable conjunto se viese turbado por los quejidos que salían de una alcoba inmediata, donde la vieja, como la llamaba Carmen, se retorcía en su angosto lecho, revolviéndose entre espasmos y convulsiones, que contraían su rostro lleno de arrugas y carcomido por la vejez!
Lo pisa, lo golpea. No lo aplasta de una vez, porque ella misma da consigo en tierra, presa de espantosas convulsiones. Tista brinca, como una rana, y se mete debajo de una mesa.
Y cuando los dolientes echándola de rumbosos añadían algunos realejos sobre el precio de tarifa, entonces las doloridas estaban también obligadas a hacer algo de extraordinario, y este algo era acompañar el llanto con patatuses, convulsiones epilépticas y repelones.