Ejemplos ?
No es posible sino que hayas sido mozo de ciego.” Y santiguándose de mí como si yo estuviera endemoniado, tornase a meter en casa y cierra su puerta.
Sí, ella me amaba, correspondía al impulso de mi amor con otro impulso tan ciego, tan firme, tan desinteresado, y tan incondicional como el mío.
-Sed, pues, testigos todos los que habitais el orbe; sedlo todos cuantos habeis cooperados á mis excesos, de que si ingrato y ciego me precipité...
Caminé de nuevo como un ciego, tocando las paredes con mi bastón, levantando los ojos al cielo, esperando que por fin llegara el día; pero el espacio estaba negro, completamente negro, más profundamente negro que la ciudad.
Llevéme la mano a los ojos como para quitarme una venda, y me toqué los ojos abiertos, dilatados.... ¿Me había quedado ciego? No.
tro día, no pareciéndome estar allí seguro, fuime a un lugar que llaman Maqueda,adonde me toparon mis pecados con un clérigo que, llegando a pedir limosna, me preguntó si sabía ayudar a misa. Yo dije que sí, como era verdad; que, aunque maltratado, mil cosas buenas me mostró el pecador del ciego, y una dellas fue ésta.
El General, que mandaba el cuadro, y que tanto me conocía por mi comportamiento de la víspera, me preguntó: --Pues qué, ¿es músico? Aquella palabra fué para mí lo que sería para un viejo ciego de nacimiento ver de pronto el sol en toda su refulgencia.
Impulsado a obrar por un impulso ciego, se abrió camino a través de las malezas que lo rodeaban hasta llegar a un terreno más abierto: a su derecha, el arroyo; a su izquierda, una suave pendiente con unos pocos árboles; arriba, las sombras cada vez más densas del crepúsculo.
Su pena más profunda causábasela su pensamiento, que le decía: -Ya puedes despedirte, medio cojo, medio manco, medio ciego y medio paralítico de todito cuanto era tu gusto y tu recreo.
Porque ya, desde que viví con el ciego, la tenía tan hecha bolsa que me acaeció tener en ella doce o quince maravedís, todo en medias blancas, sin que me estorbasen el comer; porque de otra manera no era señor de una blanca que el maldito ciego no cayese con ella, no dejando costura ni remiendo que no me buscaba muy a menudo.
Al oir estas palabras, pronunciadas con esa enérgica entereza que sólo pone el cielo en boca de los mártires, Daniel, ciego de furor, se arrojó sobre la hermosa hebrea y derribándola en tierra y asiéndola por los cabellos, la arrastró, como poseído de un espíritu infernal, hasta el pie de la cruz, que parecía abrir sus descarnados brazos para recibirla, exclamando al dirigirse a los que los rodeaban: —Ahí os la entrego; haced vosotros justicia de esa infame, que ha vendido su honra, su religión y a sus hermanos.
Voy a darte una prueba muy visible de ello, y es que este bello estudio me ha vuelto tan ciego para las cosas mismas que antes conocía evidentemente, al menos así me parecía y a otros también, que me he olvidado de todo lo que sabía acerca de varias materias, como ésta ¿por qué crece el hombre?