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Para evitar tiempo, papel y paciencia, diremos que en fuerza de acosar y prometer el uno, acabó el otro por ir largando trapo, ésta que del último remiendo de los calzones sacó un magnífico cronómetro de bolsillo, alhaja que, sin conocerla, le había dado tanto que discurrir.
Te haré cortar la lengua si chistas. —Abajo los calzones a ese mentecato cajetilla y a nalga pelada dénle verga, bien atado sobre la mesa.
Allí se están dos o tres días, unas junto a otras, en haces disciplinados, con su mástil único y oblicuo teñido de añil, su obra muerta de color añil, sus hombres hercúleos con anchos calzones azules, prietas camisetas de punto, boinas ajustadas, pipas en las bocas, semblantes triangulares, tallados en carne bruna por el hacha de un dios terco y simplista.
Lo mismo que el chaleco... y los calzones: por un lado me sobra media fanega, y por otro no me puedo revolver adentro... ¡Y estos zapatos!...
-¿Y qué? -Que si arrío los calzones, se va a pique con ellos la Virgen del Carmen 19. -¿Y qué que se vaya, hombre, si no es más que la estampa de ella?
De repente, observé que había otras personas en la estancia: hombres con aspecto grave, ves-tidos de clérigo, entre los que había uno que llevaba corbatín y calzones de obispo.
Siempre a las doce en punto de la noche llegaba a mi cuarto, se acostaba conmigo, me bajaba los calzones y comenzaba a manocearme.
¡Así tienen ellos los calzones!) Si mientras el Tuerto estaba a la mar, alguno de sus hijos rompía la olla, o se comía el pan que estaba en el arcón, o hacía cualquier diablura propia de su edad, en el balcón le sacudía el polvo su madre, en el balcón le estiraba las orejas y en el balcón le bañaba en sangre la cara.
Fijando los términos de la cuestión por el resultado que necesariamente debe tener, ¿podría nadie dudar que sea conveniente al país, que sus habitantes compren por tres pesos un paño que antes valía ocho, o que se hagan dos pares de calzones con el dinero que antes costaba un solo par?
Y todos en la mirada vidriosa lucen la hipnosis de una programación encartelada de sueños tontos: Un vestido como aquél; pantalones como ésos; un perfume como el mío, un cigarro como el de él, una casa como la suya; una hembra como la del cartel; un macho como el de los calzones mini y una oración inescuchable, pero que se oye: Ayúdame.
Y casi sin mirarla, leyó: «Pepa de mis ojos: Cuando recibas esta carta ya estaré yo camino de Sivilla, y dentro de na estaré más repinturero que un loro, con mis calzones encarnaos y mi guerrera azul turquí.
Verdad que ello no era merito- rio para aficionado á las letras, á quien, por esos días, venía el tiempo más holgado que los calzones del cura de Puquina, que medían tres varas de.