Ejemplos ?
«¡Vamos a matar franceses!», dice el anciano, que arrastra, del báculo con la ayuda, de un siglo entero la carga. «¡Vamos a matar franceses!», grita el joven, que la espalda del potro indómito oprime, blandiendo una antigua lanza.
Don José saltó al ruedo blandiendo del chaparro para castigar la insolencia; pero Félix hizo armas, a él también se le fue la mano a la suya y poco después regresaba a su casa, abatido, sombrío, envejecido en instantes, y con esta noticia para su mujer: —Acabo de matar a Félix.
Cubrieron sus piernas con hojas de malva; pusiéronse corazas de verdes y hermosas acelgas, transformaron hábilmente en escudos unas hojas de col; tomaron a guisa de lanza sendos juncos, largos y punzantes; y cubrieron su cabeza con yelmos que eran conchas de tenues caracoles. Vestida la armadura, formáronse en lo alto de la ribera, blandiendo las lanzas, llenos de furor.
Cuando ambos ejércitos se hubieron acercado el uno al otro, apareció en la primera fila de los troyanos Alejandro, semejante a un dios, con una piel de leopardo en los hombros, el corvo arco y la espada; y blandiendo dos lanzas de broncínea punta, desafiaba a los más valientes argivos a que con él sostuvieran terrible combate.
Blasfemaban los pastores maldiciendo la fortuna de los amos y señores que habitaban los palacios de la mágica ciudad; y gruñían rencorosos como perros amarrados venteando los placeres y blandiendo los cayados que heredaron de otros hombres como cetros de la paz.
(Ruido de cerrojos procede de la puerta; se tira sobre el petate y finge estar dormida.) CARCELERO (Abre la puerta y aparece blandiendo un garrote en la mano, sujetado por una correa; se acerca a Marta.) (Con voz imperiosa.) ¿Duermes?
(Se escucha ruido de cerrojos; reanuda sus paseos.) CARCELERO (Abre la puerta y aparece blandiendo en la mano un garrote, sujetado por una correa.
Saltó del carro al suelo sin dejar las armas, y blandiendo dos puntiagudas lanzas, recorrió el ejército, animóle a combatir y promovió una terrible pelea.
Dijo, y blandiendo la ingente arma, dio un bote en el escudo del Tidida: la broncínea punta atravesó la rodela y llegó muy cerca de la coraza.
Sus palabras royéronle el ánimo a Héctor, que saltó del carro al suelo, sin dejar las armas; y blandiendo un par de afiladas picas, recorrió el ejército, animóle a combatir y promovió una terrible pelea.
Permíteme castigar al divino Alejandro que me ofendió primero, y hazle sucumbir a mis manos, para que los hombres venideros teman ultrajar a quien los hospedare y les ofreciere su amistad. Dijo, y blandiendo la luenga lanza, acertó a dar en el escudo liso del Priámida.
Héctor saltó del carro al suelo sin dejar las armas; y blandiendo afiladas picas, recorrió el ejército, animóle a luchar y promovió una terrible pelea.