beatitud


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beatitud

1. s. f. RELIGIÓN Bienaventuranza eterna, según los cristianos, que consiste en disfrutar del cielo.
2. RELIGIÓN Tratamiento dado al sumo pontífice de la Iglesia católica.
3. Actitud beata, virtuosa y devota.

beatitud

 
f. Bienaventuranza eterna.
fam.Felicidad, dicha.
Sinónimos

beatitud

sustantivo femenino
bienaventuranza, felicidad*, satisfacción, dicha.
Felicidad, satisfacción y dicha designan una beatitud temporal, mientras que bienaventuranza se refiere a la beatitud eterna.

beatitud:

tranquilidadsalvación, dicha, placer, regalo, satisfacción, gloria, inmortalidad, riqueza, paz, fortuna, benidición, bienaventuranza, conveniencia, comodidad, ventura, abundancia, bienestar, felicidad, confort, sacralidad, suerte, santidad,
Traducciones

beatitud

béatitude

beatitud

beatitude, bliss

beatitud

beatitudine

beatitud

Bliss

beatitud

Bliss

beatitud

Bliss

beatitud

Bliss

beatitud

Bliss

beatitud

SF (= santidad) → beatitude; (= bendición) → blessedness
su BeatitudHis Holiness
Ejemplos ?
Remember thy deeds! 18. Agni, llévanos a la beatitud por un buen camino. Tú, dios, que sabes todas las cosas. ¡Mantén alejado de nosotros el mal, y nosotros te ofreceremos los mayores elogios!
Brotaron bajo sus golpes los contornos peregrinos y los misterios divinos del arte en su excelsitud; y en el mármol insensible parecieron las señales de los goces inmortales de santa beatitud.
Cuando el místico se dio cuenta que cerraban el templo, se arrodilló apasio-nadamente, como en señal de gracias; persignóse con beatitud; enfático tornó a incorporarse y adoptó la postura de los sacrificados con las manos unidas en toda su extensión a la altura del pecho y después en forma de cruz.
encontramos una gran tranquilidad de alma, un reposo de dolor, una filosófica beatitud y un estoicismo muy mexicano, porque ella supo vivir y llegar a su final sin odios ni amarguras, a pesar de las circunstancias que las ambiciones y las demagogias le hicieron padecer.
En suma, que me sentía, gracias a la embriagadora belleza que me rodeaba, en paz perfecta conmigo mismo y con el universo; y aun sospecho que en mi perfecta beatitud y en mi total olvido de todo el mal terrestre, había llegado a no encontrar tan ridículos a los periódicos que pretenden que el hombre nació bueno, cuando, renovadas las exigencias de la materia implacable, pensé en reparar la fatiga y en aliviar el apetito despierto por tan larga ascensión.
Por esto San Jerónimo escribe lo que sigue a Dámaso: «Hablo al sucesor del Pescador y al discípulo de la Cruz... Estoy ligado por la comunión a Vuestra Beatitud, es decir, a la Cátedra de Pedro.
el patriarca Atenágoras I 7 de diciembre de 1965 La declaración conjunta de Su Santidad Pablo VI y de Su Beatitud el patriarca Atenágoras I fue leída en francés en la sesión pública conciliar del 7 de diciembre y al mismo tiempo en el Fanar del Patriarcado de Constantinopla.
Sobre la arena caliente se paseaban los lagartos con caduca y temblona beatitud de faquires centenarios, y el sol caía implacable requemando la tierra estéril que parecía sufrir el castigo de algún oscuro crimen geológico.
Pero al fin la ciega Fortuna, persiguiéndoos con las más terribles desgracias, os ha conducido sin querer, por el mismo exceso de sus rigores, a esta religiosa beatitud.
Así discurría el alma, ascendiendo suavemente hacia el empíreo por campos de luz y praderías de estrellas. El solo hecho de no ser arrastrada al profundo abismo anunciaba ya la próxima beatitud.
Con oír no más tu acento, con sentirme en tu presencia, siento abrirse a mi existencia una eterna juventud: y al contacto tuyo siento no el deleite del sentido, sino un placer desprendido de la eterna beatitud.
Rosalía parecía dormida; sus cabellos encrespábanse como un reluciente oleaje alrededor de su cabeza; la muerte había devuelto a su rostro la belleza que amortiguaran horas antes las contracciones del dolor, y una serenidad que tenía algo de celeste beatitud, enseñoreábase de aquella faz que con los grandes ojos entornados parecía como sumida en un a modo de plácido sopor; sus manos, cruzadas sobre el pecho, oprimían el blanco escapulario que le llevara don Leovigildo minutos antes, y los tallos de algunas flores, cuyo blancor competía con el del sudario que envolvía modelándolas sus formas rígidas y descarnadas.