aturdirse

aturdirse

(atuɾˈðiɾse)
verbo pronominal
quedar desconcertado o confuso Lo que me dijiste me aturdió.
Ejemplos ?
Antes de su partida hacia Londres Chopin escribe a su hermana Luisa (Ludwika) en Varsovia respecto a Sand, luego del alejamiento de Solange: «...trata de olvidar, de aturdirse como le sea posible.
Ni bien el verdugo destruya la reja que te impedía acceder a la otra zona, dirígete a la derecha para encontrar un barril, explótalo cuando el verdugo pase cerca y remátalo con un golpe especial, después otro barril, o sigue disparándole a la cara hasta que vuelva a aturdirse.
La respuesta, por escrito, de Carlos Guillermo estaba llena de acritud, de amargura y de un resentimiento intacto. Por otra parte, Carlos Guillermo seguía intentando aturdirse sumergiéndose en los placeres de la vida parisina.
Las anteriores revoluciones necesitaban remontarse a los recuerdos de la historia universal para aturdirse acerca de su propio contenido.
Lo peor fue lo otro. Aquello de hacerse la loca después del lance, y querer aturdirse, y pedirme algo que la arrancara el pensamiento...
Mi imaginación no descansa. Los vagos son ellos, los que dicen que trabajan y no hacen sino aturdirse y ahogar el pensamiento. Porque, vamos a ver, ese mamarracho de chocolatero que se pone ahí, detrás de esa vidriera, a darle al rollo majadero, para que le veamos, ese exhibicionista del trabajo, ¿qué es sino un vago?
Además, cuando se tiene el corazón destrozado, hay que aturdirse, olvidar, y yo tengo derecho a todo..., a todo, ¿lo entiende usted?, para olvidar que he sido muy desgraciado.
Recordaba el juramento de Marcos. Volvió a sus pagos, encontró quehacer, y los domingos, cuando todos reían, contrajo la costumbre de aturdirse con bebidas.
No era borracho, pero la tristeza de su hogar, por el que sentía odio y aversión, lo impulsaba a veces a la taberna y bebía para olvidar, para aturdirse algunas horas siquiera.
Abrió su escritorio tarareando el rondo final de la ópera. Quería aturdirse, y acallar con la algazara de la vida exterior el lamento que se elevaba en su alma.
Para Marcela no ofrecía aquello novedad; todos los públicos le parecían el mismo; un enemigo, un juez, un verdugo; algo así como una especie de guardia civil que la perseguía a ella por el delito de no tener buena voz, y aturdirse y no acabar de dominar la escena.
El Tullido, como para borrar la impresión que esta escena produjo, como para aturdirse él mismo mandó: -¡Ea, pues, muchachos, una leyenda bien sabrosa!