ateniense

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ateniense

(Del lat. atheniensis.)
1. adj. De Atenas, ciudad de Grecia.
2. s. m. y f. Persona natural de esta ciudad.

ateniense

 
adj.-com. De Atenas.
Traducciones

ateniense

athenian

ateniense

athénien

ateniense

ateniense

ateniense

ateniese

ateniense

雅典

ateniense

雅典

ateniense

Athenske

ateniense

ADJ & SMFAthenian
Ejemplos ?
Nadie ha tenido más cuidado de tu nacimiento que del de cualquiera otro ateniense, ni nadie cuida de tu educación, a menos que tengas algún amigo que se interese en ello.
Los niños recibían una educación militar; para mantenerse superiores sobre sus esclavos y vecinos, los griegos formaban soldados desde la cuna, sanos de cuerpo, pero mutilados de espíritu pues el intelecto griego, brillante en algunas facetas, permaneció oscuro en muchas, a pesar de las exageradas alabanzas que se hacen de la cultura ateniense; matando a los niños raquíticos y deformes, ejercitando a los otros en la lucha, en la carrera, en toda suerte de juegos corporales, hicieron buenos guerreros de cuerpos ágiles, de formas bellas y gallardas; pero con la disciplina detuvieron el desarrollo intelectual de la raza, que de otra manera habría alcanzado alturas y esplendores mayores.
Disposiciones extemporáneas para el momento de guerra de 1825, dado que ni era posible saber todavía si alcanzaría a restaurarse la patria cuyo destino se jugaba entre la vida y la muerte en los campos de batalla alejados del fárrago burocrático y de las antesalas de la Junta de Representantes: remansos de paz acogedores y propicios para aquellos hombres que sabían ubicarse “au dessus de la melée” y discurrir sin término acerca de los “horrores” de la época de Artigas… Los peligros del caudillismo… La grandeza y decadencia de Roma… El gobierno ateniense de los treinta… ...
Y ésta es la razón de la razón por qué a los autores y representantes escénicos de estas fábulas los tenían por merecedores de las honras y cargos más importantes de la ciudad; pues como se refiere en el citado libro República, el elocuentísimo ateniense Esquines, después de haber representado tragedias en su juventud, entró en el gobierno de la República; y Aristodemo, autor también trágico, fue enviado en varias ocasiones por los atenienses en calidad de embajador al rey Filipo de Macedonia, sobre negocios gravísimos de paz y guerra.
En otra parte, Demócrito y el divino Hipócrates, reclinados junto a un sepulcro ya destruido, conversaban profundamente a la sombra de unos cipreses mustios sobre la física del cuerpo animal, la brevedad de la vida, los acerbos males que la rodean, y los cortos y falaces medios que ofrece el arte para dilatar su fin; y más allá, Demóstenes, desde la tribuna de las arengas, conmovía al pueblo ateniense...
IV Podrá ser que me valgan: ansia firme de producir el bien de cualquier modo; más que afán ateniense de lucirme, furor de semidiós de hacerlo todo; más que la pretensión de redimirme, la de bruñir y honrar mi propio lodo; ¡y el fervor masculino, temerario de hurgar mi corazón, no el diccionario!… : V ¡Y me valieron ya!…gran llamarada me llenó de saber sin más estudio: templó mis fibras, afiló mi espada, con sólo cuatro gotas de preludio; y aunque las cuatro en si no valen nada, las dejo como están, no las repudio.
Consideremos en nuestro entendimiento dos repúblicas, una grande y verdaderamente pública, en la cual son comprendidos los dioses y los hombres, donde no miramos a esta o aquella parte, sino antes medimos con el sol los términos de nuestra ciudad; la otra es aquella en que nos puso el estado de nuestro nacimiento, como el ser ateniense, o cartaginés, o de otra cualquiera provincia que no pertenezca en común a todos los hombres, sino a pocos en particular.
Y si quieres saber quién soy, en pocas palabras te lo diré: mi antiguo linaje tuvo su origen y nacimiento en las colinas del Himeto ateniense, en el istmo de Efirea y en el Ténaro de Esparta, que son ciudades muy fértiles y nobles, celebradas por muchos escritores.
BDELICLEÓN: A los que gritan: "Nunca haremos trai­ción al pueblo ateniense; siempre combatiremos por la demo­cracia." Tú, padre mío, engañado por sus palabras, dejas que te dominen.
A los aliados, en tanto, viendo que la multitud ateniense vive miserablemente de su salario de juez, les importa tanto de tí como del voto de Comio; mas a ellos les traen a porfía orzas de conservas, vino, tapices, queso, miel, sésamo, cojines, frascos, túnicas preciosas, coronas, co­llares, copas; en fin, cuanto contribuye a la salud y a la ri­queza; y a ti, que mandas en ellos, después de tus infinitos trabajos en mar y tierra, ni siquiera te dan una cabeza de ajos para guisar pececillos.
En las sociedades fundadas en la esclavitud entera, hubo beneficencia también; las «eranias», las «tiasias» griegas, accesibles a los esclavos, eran aparentemente asociaciones religiosas, en realidad de socorros mutuos. La ley ateniense concedía un óbolo diario a los enfermos desvalidos.
El ateniense, habiendo visto esto, se apartó de la vía y contuvo las riendas como hábil conductor, y dejó toda aquella tempestad de carros moverse en la llanura.