Ejemplos ?
Remigio ponía la atención en mi relato y los ojos en el escenario, y de repente me interrumpía y me asustaba, gritando como un loco: -¡Bravooo!
Yo sabía que mistress Strong cantaba muy bien, porque la había oído a menudo cuando estaba sola; pero fuera porque le asustaba cantar delante de gente o porque aquella noche no tenía buena voz, el caso es que no pudo cantar.
Como ya me había encariñado mucho con míster Dick y me interesaba por su felicidad, durante mucho tiempo, cuando llegaba el miércoles, estaba preocupado pensando en si le vería aparecer en la imperial de la diligencia como de costumbre; pero siempre llegaba, con sus cabellos grises y su cara sonriente y feliz. Nunca tuvo nada más que decirme de aquel hombre que asustaba a mi tía.
Me asustaba que ella se azorase, y no me asustaba menos mi propio azoramiento; pero me enteré de la hora a la que salía por la noche, con objeto de hacer nuestra visita a tiempo; y despidiéndome de míster Omer, de su linda hija y de los dos nenes, me fui en busca de mi querida y vieja Peggotty.
Rose se acercó de mala gana, sin simpatía. Sus ojos brillaban y lanzaban llamas; dejó oír una risa que asustaba. -Por fin --dijo- se ha apaciguado su orgullo, mujer insensata, ahora que le ha dado satisfacción...
Pero esto, unido a la historia del conejo que asustaba a los caballos en las inmediaciones de la casa de Nahum, dio pie a que empezara a tomar cuerpo una leyenda, susurrada en voz baja.
Lo más llano era la excomunión, que al más ternejal le ponía la carne de gallina y lo dejaba cabiztivo y pensabajo. Una excomunión asustaba en aquellos tiempos como en nuestros días los meetings populacheros.
Estaba tan harto de Yonville y de sus habitantes, que ver a cierta gente, ciertas casas, le irritaba hasta más no poder; y el farmacéutico, con lo buena persona que era, se le hacía totalmente insoportable. Sin embargo, la perspectiva de una situación nueva le asustaba tanto como le seducía.
La hija del gigante, como todo el mundo la llamaba, nombrábase Camila y era una criatura bellísima, de carácter dulce y tan miedosa que hasta de una mosca se asustaba.
Vi una joven morenita, de ojos grandes, con dos pupilas que brillaban como dos luces, una frente que me pareció el pedazo de cielo que veía por el agujero de mi nido y unos labios que asemejaban el color de la aurora, que a mí me gustaba tanto contemplar, que todas las mañanitas dispertaba antes de salir el sol, y asomando la cabeza por debajo del ala, con la que me abrigaba mi madre, me extasiaba viendo cómo las nubes se teñían de rojo. Los cabellos de la joven eran negros como la noche, que a mí me daba miedo; pero aquella cabellera no me asustaba.
En veinte años -pensaba ella para sus adentros-, él se puede morir o me puedo morir yo, y de aquí allá, falta mucho todavía. La hipótesis de la muerte natural no la asustaba, pero la espantaba imaginar solamente que volvía su marido.
Al principio me asustaba la idea de que míster Murdstone volviera a tomar en su mano mis lecciones o que su hermana, en su abnegación, se dedicara a ello; pero pronto me percaté de que aquellos temores eran vanos y que todo se reduciría a verme abandonado.