Ejemplos ?
En cambio, el pastor protestante argüía que las dotes proféticas de mi primo tenían origen en una fuente diabólica- Algunos marineros pensaban que lo más práctico sería atarle un plomo al cuello y lanzarlo al mar, pero todos rezaban con más asiduidad, y semejante regresión indicaba en estas personas un saludable temor por el destino de sus pellejos.
¡Puf, qué asco! -argüía un jugador de gallos con coracha. -Hasta en eso ha sido ruin -comentaba una moza de trajecito a media pierna-.
El otro contestaba con un águila de sable y coronada en campo de gules, cuatro grifos y tres torres. Argüía el uno que el león no podía bajar la melena ante el águila, y replicaba el otro que quien cruzaba por los aires sin rival, no debía humillarse en la tierra.
-Pero no pagado -argüía el fraile,- y la prenda es del primero que da por ella pecunia numerata; pues como dice el proverbio, «no sirve faré, faré, que más vale un toina que dos te daré».
De este refiere, que sobre ser la mayor capacidad de ingenio que se conoció en su tiempo para todas las ciencias y artes, «fué famoso matemático y aritmético, y geómetra, y gran astrólogo y judiciario (aunque lo usó con templanza), eminente en el uno y otro Derecho, médico superior, que entraba en el general con los de esta facultad y argüía en sus actos...
Añade un códice de Fitero, que existe en nuestra Biblioteca, que le tenían dispuesto sepulcro de piedra en la iglesia de éste, que era un arca de piedra sostenida por seis leones de lo mismo, y cuando se les argüía con el testamento, que sobre su pecho tiene el cadáver en un pergamino, lo redarguían de falsedad, añadiendo que lo habían fingido sus criados, partidarios de los cistercienses de Santa María de Huerta.
Era indudable que los demás sólo admiraban en la Duchesini la primorosa garganta, los ágiles revoloteos, que movieron a un cronista local a llamarla «la pequeña Patti...», nombre que yo hubiese reformado así: «La pequeña patita.» Algunas veces me argüía mi conciencia de antiguo abonado al paraíso.
Después, en una confitería lujosa, tomábamos chocolate con vainilla, y saciados regresábamos en el tren de la tarde, duplicadas las energías por la satisfacción del goce proporcionado al cuerpo voluptuoso, por el dinamismo de todo lo circundante que con sus rumores de hierro gritaba en nuestras orejas: "¡Adelante, adelante!" Decía yo a Enrique cierto día: —Tenemos que formar una verdadera sociedad de muchachos inteligentes. —La dificultad está en que pocos se nos parecen —argüía Enrique.
En la vejez es cuando no se quiere morir... -Yo no he sido nunca cobarde -se argüía don Magín-. ¿A qué viene, entonces, tanto cavilar?
El dominico probó con muchos latines que Adán no se diferenció de sus descendientes y que por lo tanto lució la tripita o excrecencia llamada ombligo. El bachiller argüía que no siendo Adán nacido de hembra, maldito si le hizo falta el cordón umbilical.
Allí el juez empezó por preguntarle cúyo era ese tesoro, y el negro contestó con mucho aplomo que era suyo y muy suyo y fruto de su trabajo e industria. Argüía el alcalde, que por cierto no era de holgadas tragaderas; Mogollón se mantenía en lo dicho y declarado; Cucurucho daba fe o no daba, pero plumeaba largo; y el interrogatorio llevaba trazas de ser eterno y de que ni con garabatos se lo sacaría al negro la verdad del cuerpo.
-Apuesto a que es circunciso -agregaba una mozuela marisabidilla. ¡No podía ser por menos! Yo sé que ese hombre no reza el rosario -argüía un barbero. -¡Ni el trisagio!