apiñar

(redireccionado de apiñadas)
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apiñar

v. tr. y prnl. Reunir a personas, animales o cosas en grupo o grupos apretados apiñó las reses en el establo. amontonar, apeñuscar

apiñar

 
tr.-prnl. Juntar o agrupar estrechamente [personas o cosas].

apiñar

(apiˈɲaɾ)
verbo transitivo
poner personas o cosas muy juntas y apretadas en un lugar pequeño Apiñan el maíz en los silos hasta que sube el precio. Apiñó a los invitados en un salón pequeño.
Sinónimos
Traducciones

apiñar

to pack, jam, squeeze

apiñar

A. VT (= agrupar) → to crowd together, bunch together; (= apretar) → to pack in; [+ espacio] → to overcrowd, congest
B. (apiñarse) VPRto crowd together, press together
la multitud se apiñaba alrededor de élthe crowd pressed round him
Ejemplos ?
La luna inundábalo todo con su luz serena y pálida; apenas algún que otro lucero brillaba en el tranquilo horizonte en que resbalaban lentamente algunas nubes; dormía todo inmóvil y silencioso en el monte; el lagar de los «Mimbrales» fulgía como de marfil y como engarzado entre las flotantes ramas de dos copudísimos algarrobos; los olivos y los almendros manchaban las empinadas laderas con sus tonos oscuros, y con sus claros verdores las apiñadas chumberas, que circuían el bien encalado edificio; la solemne quietud no era turbada más que de tarde en tarde por el ladrido de los perros, leales y avisados guardadores de los cercanos caseríos.
EL CORO Más grande es de los númenes la fuerza; Ella levanta entre apiñadas nubes, Que a los mortales ojos oscurecen, A quien del mal en las tinieblas gime.
Ya imitan apiñadas de los espesos pinos Las desiguales copas y el campo desigual, Ya informes pelotones de objetos peregrinos Que mudan de colores, de forma y de local.
En efecto, era así, pues a poco de haberse oído la esquililla empezaron a saltar por entre las apiñadas matas de cantueso y tomillo y a descender a la orilla opuesta del riachuelo, hasta unos cien corderos blancos como la nieve, detrás de los cuales, con su caperuza calada para libertarse la cabeza de los perpendiculares rayos del sol, y su hatillo al hombro en la punta de un palo, apareció el zagal que los conducía.
Te miro en fin: tus faldas azuladas Contrastan con la nieve de tu cima, Cual descuellas encima De las cándidas nubes que apiñadas Están en torno de tu firme asiento: En vano el recio viento Apartarlas intenta de tu lado.
Y enlutadas, apiñadas, doloridas, angustiadas, enjugando en las mantillas las pupilas empañadas y las húmedas mejillas, viejecitas y doncellas, de la imagen por las huellas santo llanto iban vertiendo...
La vacilante escasa llama prende las secas apiñadas espinas de la mata, y bien pronto una columna de fuego sube chisporroteando hasta más arriba del sarzo del desván, iluminando los rostros de la hila sobre el fondo negro lustroso de las ahumadas paredes, con una luz que entusiasmara a Rembrandt, si dado le fuera resucitar para contemplarla.
Dejemos por las hórridas arenas »El fértil suelo y la ciudad del fuerte »Que llamáis Setiniáh, la hermosa Atenas; »Dura es la esclavitud como la muerte.» Cede la luz al declinar el día; Las apiñadas nubes el sol dora: Del crepúsculo débil la agonía ¿Qué tiene de divino que enamora?
El pelafustán volvía su cara angulosa a un costado, diciendo que aguardáramos, y a fuerza de codo se abría paso entre las mujeres apeñuscadas frente a los puestos, y las hembras que no le conocían, las viejas codiciosas y regañonas, las jóvenes mujeres biliosas y avaras, las mozuelas linfáticas y pretenciosas, miraban con desconfianza agria, con fastidio mal disimulado, esa cara triangular enrojecida por el sol, bronceada por la desvergüenza. Era un bigardón a quien agradaba tocar el trasero de las mujeres apiñadas.
Luz, peñascos, torrentes y cascadas, Un sol de fuego iluminando el día, Aire de aromas, flores apiñadas: Y en medio de la noche majestuosa Esa luna de plata, esas estrellas, Lámparas de la tierra perezosa, Que se ha dormido en paz debajo de ellas.
abía mucha sequía; ni una gota de agua quedaba ya en las lagunas, y Florencio, que vivía solo con la madre y le cuidaba la majada, estaba tirando agua en el jahuel. Había llenado las bebederas, y todas las ovejas, apiñadas alrededor, tomaban con avidez.
Así cruzamos las oscuras calles, y a mí, que poco antes arrostraba impávido los de los Griegos y sus apiñadas huestes, me espanta ahora el menor soplo de viento; cualquier ruido me hace estremecer; apenas acierto a respirar, temblando igualmente por los que van conmigo y por la carga que llevo sobre mis hombros.