Ejemplos ?
Y se paró en mi puerta y me dijo ansioso: «¿Dónde está ella, di?» »Me dio vergüenza de decirle: «Ella soy yo, hermoso caminante, ella soy yo.» »Anochecía y aún no habían encendido...
¡Ay, qué mal lo conocían! Anochecía; él andaba por la carretera, empezaba a helar, y el paisaje se volvía más y más llano, todo él campos y prados.
—¡Y qué seriedad, che Enrique! Si vos supieras. Yo estaba allí, contra el fierro de la verja. Anochecía. Ella callaba... a momentos me miraba de una forma...
- Aguárdame en aquella cuesta -dijo la corneja, y, saludándola con un movimiento de la cabeza, se alejó volando. Cuando regresó, anochecía ya.
Después tomó asiento a mi cabecera y cruzó las manos. Anochecía y los vidrios llorosos de la ventana dejaban ver sobre el perfil incierto de los montes, la mancha de la nieve argentada por la luna.
Insistimos. Al fin dijo: -Tendría que hacer memoria. -Bueno, haga memoria. Anochecía. Lo llevamos a otra habitación. Pidió papel y lápiz.
Mamá no se atrevía a dar un paso fuera del patio. Al menor ladrido miraba sobresaltada hacia la portera, y apenas anochecía, veía avanzar por entre el pasto ojos fosforescentes.
inco leguas de la ciudad de Sevilla, está un lugar que se llama Castiblanco; y, en uno de muchos mesones que tiene, a la hora que anochecía, entró un caminante sobre un hermoso cuartago, estranjero.
Ambos vivían felices en medio de aquella soledad que les rodeaba; se amaban con ternura, y nada había más puro ni más poético que sus conversaciones nocturnas, que iban siendo más largas conforme anochecía más temprano.
En esto hay alguna confusión; sin embargo, fue muy poco después de la equivocación (meter algo de la confusión de la cabeza del rey Carlos en la mía) cuando llegó por primera vez aquel hombre. Estaba paseándome con tu tía después del té, precisamente cuando anochecía, y él estaba allí, al lado de la casa.
En el ínterin y antes de que apareciera mi esposo, se presenta en mi casa también con el Ejército un Militar de apellido Róspide (fon) que tenía sus, su accionar acá en la Ciudad de La Plata, más que ayudarme me interrogó, tomó nota de lo que yo quise decirle y nada más, no hizo absolutamente nada, ni tampoco sucedió nada, yo en ese momento estaba con mis dos hijos menores Guido y Remo que concurrían a la Escuela Industrial, por lo que yo hacía una vida normal, durante el día iba a la escuela, luego pedí licencia por supuesto, mandaba mis hijos a la escuela y cuando anochecía...
Llegó a Copenhague donde recibió una crecida suma, seiscientos escudos, y se paseó por la gran ciudad con intenciones de partir al día siguiente. Se extravió, cuando anochecía, y se halló en un dédalo de callejuelas del arrabal de Cristianshavn.