Ejemplos ?
En aquel mismo punto, una vieja de cara bestial, de recias formas, de saliente mandíbula y juanetudos pómulos, llegó cargada con un haz de tojo que porteaba en la horquilla, y que depositó sobre el montículo de estiércol, adorno del corral.
-dijo el cuello-, ¿una especie de cinturón interior?. Bien veo, mi simpática señorita, que es una prenda tanto de utilidad como de adorno.
El arbolillo se convirtió en un árbol viejo, pero yo envejecí más aún, y cuando aquél se marchitó, corté la última de sus ramas verdes y la planté, y aquella ramita se ha vuelto este arbolillo, que, al fin, será un adorno de novia, la corona de tu hija.
¿Quién caerá más culpable de la peste al horno? ¿Aquél que ha conducido borregadas de castrados o aquése que los salva tras su adorno?
Su traje era la piel arrancada a la bestia luego de atroz combate a palos y pedradas; su suprema elegancia, una capa de grasa esparcida sobre el cuerpo; su arte, un collar de dientes de fiera o un adorno de espinas de pescado.
Después de escucharlo, todos quedaban fascinados y subía otro poeta cantor a un estrado para decir lo que pensaba de la hermandad: He llegado, oh amigos nuestros, con collares los ciño a ustedes, con plumajes de guacamaya los adorno, cual ave preciosa aderezo con plumas, con oro yo pinto y rodeo a la hermandad.
Flores hermosas encontrarán siempre en la casa de TOTOQUIHUATZIN, flores hermosas de amistad. mi corazón es un jade to to to to oro mis flores; con ellas me adorno, flores distintas son las mismas.
¡Con las flores que están sobre mí! yo me adorno! Yo entono su canto, yo, mujercita estoy aquí y quiero que haya mujeres como yo.
Era el exterior adorno del justillo y la basquiña azul y plata que, ya que algún color se permita a la hermosura del cielo, pareció cosa precisa que, habiéndose de vestir, del mismo cielo se vista.
Arrójalas, mi bien; lana modesta, cándida flor, en mi jardín criada, vuelvan a ser tu virginal adorno: mi amor se asusta de riqueza tanta.
Pero, ¡qué más daba! Su única misión era de adorno. Terminado el baile, la princesa contó al hechicero que se había presentado un nuevo pretendiente, y le preguntó qué debía idear para plantearle el consabido enigma cuando, al día siguiente, apareciese en palacio.
Si Julio César leyera, y no mirara a la estatua de Pompeyo, la temiera proceso y no la viera imagen: tuviérala por querella de bronce contra él, y no por adorno de su tribunal ni lisonja de su venganza.