Ejemplos ?
Además, se hizo así para que fuera casuístico, es decir, para que unos cuantos decidieran quién se salvaba y quién quebraba, a quién se acusaba y a quién se perdonaba.
Sin resignación, acusaba en veladas frases al padre por quien el chico había dado el «cabezazo», a la mujer causa de los disgustos, y sobre todo, insistía en lo imposible.
El Universo para él no sobrepasaba el contorno sedoso de su falda; y se acusaba de no amarla, tenía ganas de volver a verla; regresaba pronto a casa, subía la escalera con el corazón palpitante.
Varios países presentaron notas al Presidente del mismo, entre las cuales se puede mencionar la firmada por Argentina, Nicaragua, Panamá y Venezuela, sobre las sanciones de la Comunidad Económica Europea, la ofensiva militar británica, y la amenaza al RÍO DE LA PLATA por parte de Gran Bretaña, y la de URSS en la cual se acusaba al Reino Unido de abandonar por completo las negociaciones, que Argentina deseaba continuar.
Así lo reconocía el visitador Areche, según se desprende de cierta filípica en que acusaba a los frailes de Lima de mantener excesiva familiaridad con el pueblo, familiaridad que alentaba a éste en su obra de difamación.
El de Acarí contestaba que desde tiempo inmemorial, su jurisdicción se extendía hasta la falda de los cerros, y acusaba al vecino de ambicioso y usurpador.
Se sorprendía a veces holgando, pasando las horas muertas sin examinar nada, sin estudiar cosa alguna concreta; y sin embargo, no le acusaba la conciencia con el doloroso vacío que siempre nos delata la ociosidad verdadera.
Se acusaba de olvidarse de Emma; como si perteneciendo todos sus pensamientos a su mujer, hubiese sido usurparle algo el no pensar continuamente en ella.
Vi graciosísimas figuras, hilando a Sardanápalo, glotoneando a Heliogábalo, a Sapor emparentando con el sol y las estrellas. Viriato andaba a palos tras los romanos; Atila revolvía el mundo; Belisario, ciego, acusaba a los atenienses.
Entonces sentí el divino prodigio del silencio; poco a poco se fue callando el rumor de las olas, yo estaba inmóvil en la curva de la playa y al apagarse el último ruido del mar, el ave se perdió a lo lejos. Nada acusaba ya a la Humanidad ni a la vida.
En uno de ellos acusaba su señoría al mitrado de desacato a la majestad del monarca, porque en el escudo de armas de la ciudad, colocado en el salón principal del seminario, había suprimido la corona real.
Por otra parte, por más que se sintiese humillada por la bajeza de tal felicidad, se agarraba a ella por costumbre o por corrupción; y cada día se enviciaba más, agotando toda felicidad a fuerza de quererla demasiado grande. Acusaba a León de sus esperanzas decepcionadas, como si la hubiese traicionado; y hasta deseaba una catástrofe que le obligase a la separación, puesto que no tenía el valor de decidirse a romper.