Ejemplos ?
Lugar señalado para el ágape, el restaurant Británico, en que era famoso el cocinero. Acudí puntualmente, pues debíamos sentarnos a la mesa cuando la última argentina campanada nos diese la mala noticia de que éramos doce meses más viejos...
Quedé suspenso de ver tal estremo de belleza; acudí a echarle un poco de agua en el rostro, con que volvió en sí suspirando tiernamente, y lo primero que me dijo fue: ¿Conocéisme, señor?
Y en cuanto lo descuidé Sin que pudiera estorbarlo Le acudí con cosa fresca: Sintió el golpe, se hizo gato, Se enderezó, y ya se vino El alfajor relumbrando: Yo quise meterle el poncho, Pero amigo quiso el diablo Trompezase en una taba, Y lueguito mi contrario Se me durmió en una pierna Que me dejó coloreando: En esto llegó la gente Del puesto, y nos apartaron.
CANTO TERCERO El crepúsculo I Cuando un año después, hora por hora, hacia Francia volvía, echando alegre sobre el cuerpo mío mi manta de alamares de Zamora, porque a un tiempo sentía, como el año anterior, día por día, mucho amor, mucho viento y mucho frío, al minuto final del año entero a la cita acudí, cual caballero que va alumbrado por su buena estrella; mas al llegar a la estación aquella, que no quiero nombrar...
Con la madurez así proporcionada, acudí a la Universidad de Berlín entre los años 1826 a 1828 para estudiar filología y teología y oir conferencias con Böckh, Hegel, Marheineke, Carl Ritter, Heinrich Ritter y Schleiermacher.
-Así le dicen, según parece -repuso plácidamente-. La semana pasada acudí al médico y me aseguró que estallaría antes de no muchos días.
Este hombre había sido apresado por los judíos y estaban a punto de matarlo cuando, al saber que era romano, acudí yo con la tropa y le libré de sus manos.
Esto me animó a declarar con el mayor calor que amaba a Dora más de lo que podía expresarse ni creerse; que todos mis amigos sabían cómo la amaba; que mi tía, Agnes, Traddles, todos los que me conocían sabían cómo me había vuelto de formal aquel amor. Acudí al testimonio de Traddles.
Estrechado, sin embargo, por las interrogaciones de su señor y por los ruegos de Constanza, que parecía la más curiosa e interesada en que el pastos refiriese sus estupendas aventuras, decidióse éste a hablar, mas no sin que antes dirigiese a su alrededor una mirada de desconfianza, como temiendo ser oído por otras personas que las que allí estaban presentes, y de rascarse tres o cuatro veces la cabeza tratando de reunir sus recuerdos o hílvanar su discurso, que al fin comenzó de esta manera: Es el caso, señor, que según me dijo un preste de Tarazona, al que acudí no ha mucho para consultar más dudas...
Y dos días antes teníamos tres hijos… Bueno. Mi mujer pasó cuatro días arañando la sábana, con un ataque cerebral, y yo acudí a la morfina.
Yo el mío me busqué por las turbadas Ondas de aqueste mar, y mi barquilla, Por medio de otras muchas que extraviadas Bogar sin rumbo vi desesperadas, Procuró conducir hacia la orilla. Velé, gemí, con angustiado lloro Volvíme al cielo y acudí a las ciencias: ¿A la ribera tocaré?
Pero ya en el amanecer a ellos les fue posible reconocer la bahía y ver que en cualquier parte podían saltar a la playa, embistieron y luego dispuse traer a los soldados que tenia en el puerto y poniéndolos atrás la caballería se resolvió con toda presteza a ganar el fondeadero. Acudí con toda vigilancia, pero llegué cuando todos los ingleses habían ya saltado de sus lanchas, hice todo lo posible hasta que vi a mi gente desorganizada y con dos heridos, los retire viendo la superioridad numérica del enemigo los vine a esperar en una trinchera que tenia dispuesta fuera de los médanos para que ayudado de ella y los bosques donde poner la caballería se les pudiera dar “carga”(la embestida era una maniobra militar de la época) cerrándoles por un costado y otro.