Ejemplos ?
Estos denuestos agradaban por demás a los condiscípulos, pero ninguno les encantó tanto -acaso por lo terrible de las circunstancias- como el de Perjuicios que les espetó cierta memorable ocasión en que la novia, por instigación del novio, sacó de debajo de la cama de señá Vicenta no sé qué utensilio.
¡Ay! Si esa pobrecita Vicenta pudiera trabajar en algo, siquiera para comer agua negra. Pero ¿en qué iba a trabajar una pobre vieja?
Que si era su santísima voluntad que Vicenta tuviese que salir a implorar el bocado, le diera valor para soportar esa vergüenza, para recibir la limosna con humildad.
En efecto, el cajón donde iban a guardar para siempre al niño de María Vicenta lucía simétricas listas azules sobre fondo blanco, e interiormente un forro chillón de percalina rosa.
Incorporóse María Vicenta, andando como una autómata; fue al cajón de su máquina de coser y, de entre carretes revueltos y retales de indiana arrugados, sacó un envoltorio de papel que contenía calderilla.
Silenciosa, avanzó hacia el jergón donde yacía el cuerpo, pero lo rodeaban las mocitas, admirando la gorra de moños y el traje con tiras bordadas. ¡Cuánta majeza! Por algo María Vicenta tenía aquella habilidad y aquellos dedos primorosos... -¡Apartad, apartad!
María Vicenta se echó al suelo, pegó el rostro al de su hijo y así permaneció un rato largo, sin llorar, sin moverse, cual si se hubiese dormido.
Con lo cual se armaba el gran bochinche de la salida. Era esta figura nada menos que la señá Vicenta, mujer del Maestro. Tenía carita de loro; traje siempre lavado, con el corpiño abierto por detrás; pañuelo de yerbas en la cabeza, anudado bajo la barba a guisa de capota, y alpargatas en chancleta; toda la viejecita muy aseada y correcta, si cabe corrección en la miseria.
Como yo, mi padre, era un hombre muy guapo y de mucha fortaleza, aquí onde usté me ve, y como estaba de mucho afán, porque tenía que venime a acompañar a Vicenta, qu'en esos días iba a alentase, les dijo: Caminen vamos a traer esa madera, y, si no hay aserrada, aserrémola nosotros, que yo también sé aserrar.
La señora, entonces, la cogió suavemente por un brazo, la arrinconó y le secreteó algo más personal y directo. -Es preciso ser razonable, María Vicenta.
Formadas en fila, las mujeres siguieron al cantero, y apenas fuera de la casa, alzaron las voces, el griterío obligado en todo entierro de aldea, lúgubre cuando acompañan a un adulto, regocijado cuando se trata de un niño. Aquellos clamores despertaron a María Vicenta...
Sólo busco en la selva más lejana tétrico albergue, asilo tenebroso no pisado jamás de huella humana. VICENTA MATURANA Je meurs, et sur ma tomble, ou lentement j'arrive, nul ne viendra verser des pleurs.