Toulouse

Toulouse

 
C. del SO de Francia, cap. del departamento del Alto Garona y de la región de Occitania; 475 000 h (aglomeración urbana, 1 345 000 h). Centro industrial. Universidad. Aeropuerto. Nudo ferroviario. Conserva en su casco antiguo el aspecto de una ciudad medieval. Cap. visigótica de 419 a 507. Sede del condado feudal homónimo. Integrada a la corona francesa en 1271.
Ejemplos ?
Durante la inauguración, Henri de Groux criticó los cuadros de Van Gogh, pero salieron en su defensa Toulouse-Lautrec y Paul Signac.
Exaltado por la intensidad del clima artístico de París, Van Gogh consiguió, con la ayuda de Toulouse-Lautrec, la renovación de su pintura en lo que atañe a la investigación psicológica en los retratos.
——, «De una poética de la escritura a una escritura poética (De la Agudeza y arte de ingenio a El Criticón)», en Teoría del discurso poético, Toulouse, Université de Toulouse-Le Mirail, l986, pp.195-206.
Tras el comienzo de la Segunda Guerra Mundial en 1939 y como medida de precaución, fue trasladada al castillo de Montauban, cerca de Toulouse, en el sur de Francia, lugar más seguro que la capital parisina.
Luego vinieron los arrendatarios de Peyrehorade, y mientras les atendía, su hijo me llevó a ver una calesa que había comprado en Toulouse para su prometida, y que, por supuesto, admiré.
El señor David, magistrado de Toulouse, excitado por estos rumores y queriendo hacerse valer por la rapidez de la eje­cución, empleó un procedimiento contrario a las reglas y orde­nanzas.
Fue en Toulouse donde se dieron gracias solemnemente a Dios por la muerte de Enrique III y donde se hizo el juramen­to de degollar al primero que hablase de reconocer al gran, al buen Enrique IV .
Pierre Calas, al salir de la ciudad, encontró a un cura dedi­cado a hacer conversiones que le hizo volver a Toulouse; fue encerrado en un convento de dominicos y allí se le obligó a practicar todos los ritos del catolicismo: era en parte lo que se quería, era el precio de la sangre de su padre; y la religión, a la que se había creído vengar, parecía satisfecha.
No se cree en Francia que el papa, asistido de sus cardenales, sea infalible: se podría creer igualmente que ocho jueces de Toulouse tampoco lo son.
Jean Calas, de sesenta y ocho años de edad, ejercía la pro­fesión de comerciante en Toulouse desde hacía más de cuaren­ta años y era considerado por todos los que vivieron con él como un buen padre.
Un amigo de su familia y también suyo, llamado Lavaisse, joven de diecinueve años, cono­cido por el candor y la dulzura de sus costumbres, hijo de un abogado célebre de Toulouse, había llegado de Burdeos la vís­pera el 12 de octubre de 1761j: cenó por casualidad en casa de los Calas.
Uno de los jueces, convencido de la inocencia de los acusados y de la imposibilidad del crimen, habló vivamente en su favor; opuso el celo del humanitarismo al celo de la severidad; se convirtió en el abogado público de los Calas en todos los hogares de Toulouse, donde los gritos conti­nuos de la religión equivocada reclamaban la sangre de aquellos desgraciados.