Torres

Torres

 
Estrecho de Oceanía, en el océano Pacífico, entre la isla de Nueva Guinea (N) y Australia; 144 km de ancho.
Ejemplos ?
Gregory Fortuin; el Comisionado Interino sobre Discriminación Racial, Comisión de Justicia Social para los Aborígenes y los Isleños del Estrecho de Torres, Comisión de Derechos Humanos e Igualdad de Oportunidades de Australia, Sr.
Benito Torres deberá prestar en manos del Com.te Militar del Partido y según la fórmula q.e al efecto se le inserta en oficio de esta f.ha.” Pero, después de todo, si durante la Patria Vieja no hubiéramos sido independientes, ¿cómo se explicaría el desarrollo de la guerra contra la dominación luso-brasileña y luego de asentada ésta, las operaciones del Congreso Cisplatino que tienen valor incuestionable desde un punto de vista fríamente jurídico?
En la Villa de Madrid, a seis días del mes de Junio de mil y seiscientos y veintiocho años, siendo testigos Luis de Villoslada, Juan de Torres y Diego Yánez Fajardo, estantes en Madrid.
Apenas constituido el Consejo Nacional de Gobierno, este asunto primero se planteó en su seno, si no me equivoco, en presencia del señor Ministro de Defensa Nacional, nuestro estimado colega hasta hace pocos días antes, señor Arroyo Torres.
Nada agita sus puntos angulares. Nada conmueve torres ni callejones. Tácita permanece, sumergida en las sombras de sus gasneones.
¿Quién te vio y no te recuerda? Ciudad de dolor y almizcle, con las torres de canela. Cuando llegaba la noche, noche que noche nochera, los gitanos en sus fraguas forjaban soles y flechas.
Que no hay duda que nuestro movimiento entusiasmó a aquéllos, especialmente a los de Charcas que por momentos vieron en Elías y Montevideo la “luz de América”, nos lo demuestra, desde luego, la documentación fichada en el Archivo de Indias por don Pedro Torres Lanza sobre estos particulares.
Reinaba en la ciudad un silencio profundo, interrumpido a intervalos, ya por las lejanas voces de los guardias nocturnos que en aquella época velaban en derredor del Alcázar, ya por los gemidos del viento, que hacía girar las veletas de las torres o zumbaba entre las torcidas revueltas de las calles, cuando el dueño de un barquichuelo que se mecía amarrado a un poste cerca de los molinos, que parecen como incrustados al pie de las rocas que baña el Tajo, y sobre las que se asienta la ciudad, vio aproximarse a la orilla, bajando trabajosamente por uno de los estrechos senderos que desde lo alto de los muros conducen al río, a una persona a quien, al parecer, aguardaba con impaciencia.
Caminaron millas y millas montes a través, hasta que por fin vieron ante ellos una gran ciudad, con cien torres que brillaban al sol cual si fuesen de plata.
Llegaron a tanta altura, que las torres de las iglesias se veían al fondo como diminutas bayas rojas destacando en medio del verdor, y su mirada pudo extenderse a muchas, muchas millas, hasta tierras que jamás habían visitado.
El soberbio tirano del Oriente, que maciza las torres de cien codos del cándido metal puro y luciente, apenas puede ya comprar los modos del pecar; la virtud es más barata, ella consigo misma ruega a todos.
La ciudad circunvalada del Norte al Este por una cintura de agua y barro, y al Sud por un piélago blanquecino en cuya superficie flotaban a la ventura algunos barquichuelos y negreaban las chimeneas y las copas de los árboles, echaba desde sus torres y barrancas atónitas miradas al horizonte como implorando la misericordia del Altísimo.