Ejemplos ?
La Marquesa de Tor, con el gesto familiar y desabrido que solían adoptar para hablarme todas mis viejas y devotas tías, me llamó al hueco de un balcón: Me acerqué reacio porque nada halagüeño presagiaba.
Pero negar su contingente vaUosísimo el literato maestro, cuando se trata de un delicado asunto; no querer que su nom- bre se mezcle en esa forma impuesta por una necesidad gene- ralmente sentida; y exponer á la autoridad suprema, á que quizás tenga que verse precisada á designar personas muy re- putadas por su taJento y su vasto saber, pero que no midan los puntos de prestigio y de universal renombre del ilustre Direc- tor de nuestra Biblioteca Nacional, para poder dar á la reforma la seriedad conveniente, es algo que no tiene explicación.
Mas a pesar de todo el sufrimiento que le había ocasionado la inexplicable separación de sus amánticos, su belleza no se marchitaba; parecía que las rosas que formaban su océano protec-tor, con sus perfumes le daban el don indestruc-tible de seguir igual que hacía mil años, cuando su vida solitaria se había iniciado.
Se les colgaba al extremo de una larga viga colocada haciendo báscula en lo alto de un árbol en pie; se encendía un gran fuego bajo ellos en el que se les metía y saca­ba alternativamente; experimentaban así gradualmente los tor­mentos de la muerte, hasta que expiraban en el más largo y horrible suplicio que jamás haya inventado la barbarie.
No hablaré aquí más que del interés de las naciones; y res­petando, como debo, la teología, no considero en este artículo más que el bien físico y moral de la sociedad. Suplico a todo lec­tor imparcial que sopese estas verdades, que las certifique, que las extienda.
A Dominguillo le di dos reales por que hace bien su oficio — A las dos, a comer: el vino se ha tor- cido— Siesta hasta las tres, Entro Perico a dispertarme — De tres a cinco, paseo.
Varias personas, que llaman en Francia devotas, dijeron con altivez que era preferible someter al tor­mento de la rueda a un viejo calvinista inocente que exponer a ocho consejeros del Languedoc a reconocer que se habían equi­vocado: se utilizó incluso esta expresión: «Hay más magistrados que Calas»; y se infería de esto que la familia Calas debía ser inmolada en honor a la magistratura.
Años más tarde, el arzobispo Las-Heras lo nombró coadju- tor del curato de Chupaca, y en esa condición se hallaba cuando estalló la guerra de Indei endencia.
Xavier, si no eres capaz de respetar su sacrificio, no intentes hacerlo más cruel. La Marquesa de Tor se enjugó una lágrima. Yo murmuré con melancólico resentimiento: —¡Temes que no sepa respetar su sacrificio!
La Marquesa de Tor, que tendía por la sala su mirada cegata, nos advirtió en voz queda y aconsejadora: —Si habéis de hablar, al menos que no sea aquí.
Mi señora tía la Marquesa de Tor me hace seña de que la siga, y me conduce a su cámara, donde llorosa y sola espera María Antonieta: Al verme entrar se ha puesto en pie clavándome los ojos enrojecidos y brillantes: Respira ansiosa, y con la voz violenta y ronca me habla: —Xavier, es preciso que nos digamos adiós.
Yo repuse inclinándome: —Diría sólo mis pecados. La Marquesa de Tor, mi tía y señora, volvió a gruñir, pero no entendí sus palabras.