Salem

Salem

 
C. del NO de E.U.A., cap. del estado de Oregón; 107 786 h.

Salem

 
C. del S de la India, en el estado de Tamil Nadu; 363 934 h.
Ejemplos ?
El inmenso recuerdo que ha marcado aquella época parece haberlo absorbido todo para subsistir único. ¡Me cuesta trabajo creer que hubiesen transcurrido dos meses entre mi vuelta a Salem House y el día de mi cumpleaños!
-Me sorprende, Steerforth, aunque su ingenuidad le hace honor, ¡le hace honor, es evidente! Repito que me sorprende, Steerforth, que usted haya podido calificar así a un profesor empleado y pagado en Salem House.
Y ya casi en Londres, cuando pasé cerca de Salem House, donde míster Creakle nos había azotado tan cruelmente, habría dado cuanto poseía por poder bajarme, darle una buena paliza y poner en libertad a los alumnos, pobres pajarillos enjaulados.
Me pareció que había pasado mucho tiempo cuando el profesor de Salem House, desmontando su flauta, se guardó los pedazos en el bolsillo y partimos.
El texto original se perdió antes del tiempo de Olaus, y la última copia conocida de la versión griega se estalló en Salem en 1692.
Su ley unió con fraternales lazos la humanidad: rasgó la ley judía e hizo los falsos ídolos pedazos; y al alzarle en la cruz Salem impía, a la raza de Adán tomando en brazos, dijo: «Te he redimido, ya eres mía.» Cursado sin haber libros ni escuelas, de Nazareth en sus humildes botes, del mundo lanzó al mar sus sacerdotes, dando su Fe viento a sus velas.
No me había equivocado; y por fin llegó la escoba a la sala de estudio, arrojándonos a míster Mell y a mí, que tuvimos que vivir durante aquellos días donde pudimos y como pudimos, encontrándonos por todas partes con las criadas (que yo antes apenas había visto) constantemente ocupadas en hacernos tragar polvo en tal cantidad que yo no dejaba de estornudar, como si Salem House fuera una enorme tabaquera.
Su manera de referirse a mí en la época en que había visto a míster Peggotty en Salem House; el placer que sentía al ver el barco y su carga; en fin, la gracia y la naturalidad con las cuales nos atrajo a todos por grados en un círculo encantado, donde hablábamos sin confusión y sin reserva.
-Sí, señor -dije. Suponía que lo era, aunque no lo sabía. -Yo soy un profesor de Salem House -me dijo. Le saludé con miedo. Me avergonzaba aludir a una cosa tan vulgar como mi maleta ante aquel profesor de Salem House; tanto, que hasta que no estuvimos a alguna distancia no me atreví a decirlo.
El profesor de Salem House abrió una de aquellas puertecitas negras, que eran todas iguales y que tenía una ventanita de cristales a un lado y otra encima, y entramos en la casita de una de aquellas pobres ancianas.
La diligencia se detiene, me despierto sobresaltado, y la flauta se oye de nuevo y el profesor de Salem House está sentado, con las piernas cruzadas, tocándola tristemente, mientras la dueña de la casa le escucha deleitada.
No sé qué bien pensaría hacerme con aquello, pues yo tenía una; pero era todo lo que podia darme el pobre, excepto un papel lleno de esqueletos que me entregó al partir como consuelo de mis penas y para que contribuyera a la paz de mi espíritu. Dejé Salem House al día siguiente por la tarde.