Matilde

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Matilde (Matilda o Maud)

 
(m. 1083) Reina de Inglaterra. Fundó el monasterio de las Damas en Caen.
Traducciones

Matilde

Matilda

Matilde

SFMat(h)ilda
Ejemplos ?
Las vejezuelas del barrio decían que el señorito Andrés y la señorita Matilde eran nacidos el uno para el otro, y que, desde el cielo, algún santo les había puesto en contacto para que las dos mitades de una naranja no anduviesen sueltas por el mundo.
Matilde era hija de un cosechero rico, exportador de vinos en gran escala. Andrés, huérfano, poseía fortuna saneada y las prendas morales de un caballero cumplido.
Ellas no tienen los cabellos obscuros como tú, la mirada brillante y la tez morena, ellas son blancas como la nieve, rubias como ese rayo de sol que penetra por la ventana, y sus ojos son azules como ese cielo que se divisa desde aquí y que me prueba que me hallo en un país meridional. Son jóvenes como tú, mi angelical Catalina y mi dulce Matilde, estarán pensando, llorando y rezando por mí, y...
rturo de Miracielos (un joven muy hermoso, pero que a juzgar por su conducta, no tenía casa ni hogar) consiguió cierta noche, a fuerza de ruegos, quedarse a dormir en las habitaciones de una amiga suya, no menos hermosa que él, llamada Matilde Entrambasaguas, que hacía estas y otras caridades a espaldas de su marido, demostrando con ello que el pobre señor tenía algo de fiera...
Al verlas bajar cuando el carruaje se detuvo, el inglés lanzó una exclamación de júbilo, salvó corriendo la distancia que le separaba de las viajeras, y después de hacerlas entrar y de cerrar la puerta para entregarse sin importunos testigos a las expansiones de su alegría, las abrazó con cariño. -¡Madre, Catalina, Matilde!
Mas he aquí que dicha noche, a eso de la una, oyéronse fuertes golpes en la única puerta que daba acceso al departamento de Matilde, acompañados de un vocejón espantoso, que gritaba: -¡Abra V., señora!
Apreciando estos favores Cual no merecida gracia El Conde a su fortaleza Su corcel encaminaba, Viéndose obligado a veces A trabar peleas bravas Contra algunos malandrines Que ofendían con palabras La vejez de un sacerdote Sin respeto a tales canas, Sin respeto al ministerio Que a los ángeles le iguala: O contra un raptor osado Que doncellas arrebata O que ofende el pundonor De dueñas bien educadas: O contra un rústico torpe Que a pronunciar se adelanta El nombre de su Matilde Sin respeto y sin templanza.
Y la gente, burlada, empezó a poner en solfa a los novios, a tratarlos de pazguatos, de sangre de horchata, de fenómenos y de ridículos. -Yo consultaría a mi hija con un médico del extranjero -exclamaban las amigas de Matilde.
Ya podéis adivinar que aquel cuerpo extraño, con que no contó el relojero al construir su obra, impidió la función de las pesas y la oscilación de la péndola, parando por consiguiente la máquina. -¡No pares el reloj, desgraciado! (exclamó Matilde). ¡Si lo paras, me pierdes y te pierdes!
Sabe que es de vista escasa Doña Sol: sabe por dónde, Cómo y cuándo marcha el Conde A buscar su dulce imán Y por hablillas del vulgo Conoce sin perder tilde Los amores de Matilde, Que a vela y a remo van.
Y como en ningún otro paraje encontrara a persona alguna, nuestro hombre cayó de rodillas delante de su esposa, cuya indignación, elocuencia y cólera iban tomando vuelo, y le dijo: -¡Perdona, Matilde mía!
Su padre el amor le pinta Como un mar de escollos lleno, Como un pérfido veneno Que destroza el corazón, Como un áspid enconado Que pica con inclemencia Y acibara la existencia Y perturba la razón. Matilde también por cartas La inculca, porque se asombre, Que los halagos del hombre Son los lloros del caimán; Que hay mancebos libertinos Que buscan en las mujeres La espuma de los placeres Y las dejan y se van.