Ejemplos ?
¡Es un pillete! ¡Un bribón! -Digo la verdad, sollozaba Luisito. -Ahora lo sabremos, dijo el municipal. Le acompañaré a la casa cuyas señas me ha dado.
Luego jugó con otros niños; y todo marchaba perfectamente, y Luisito estaba tan contento que no comprendía cómo antes no había hecho su primera escapatoria.
-Sí, mamá. Inés cogió la muñeca y la presentó a Luisito, que extendió las manos, agitó los pies y lanzó una exclamación de alegría.
Ella puede contribuir a que recobre la salud. -Quiero mucho la muñeca, mamá, pero prefiero que Luisito recobre la salud. -¡Ah, señora!...
Tú eres buena: diste ayer tu muñeca a Luisito, y los ángeles, que todo lo ven y lo oyen, no se han apartado del lado de tu camita.
Al oír estas palabras la madre de Luisito juntaba las manos y exclamaba con toda la efusión de su alma: -¡A su mamá y a V. pertenecen, señorita Enriqueta!
Excuso decirte que con este motivo se proyectan grandes cosas..., y, en fin, Laura, que la temporada promete; mucho, mucho siento que no estés aquí. Di a Luisito...; pero no le digas nada, porque a medida que veo el mundo voy cambiando de opinión.
¡Dios las bendiga! Enriqueta pensó mucho en la muñeca durante el resto del día, pero no se arrepintió de haberla dado a Luisito. Hemos de confesar que se durmió pensando en ella.
Libre del perro, volviose la mujer hacia el niño, y un: -¡Ah pillo!- lanzado con mucha cólera, indicó a Luisito que era ocasión de volver a huir, como así lo hizo; mas no con tanta presteza que no le alcanzara un huevo que a modo de proyectil disparole la mujer.
Inés la tomó a su servicio; y cuando la agradecida mujer contaba a quien quería oírla lo que por ella había hecho tan bondadosa señora y relataba cómo Enriqueta contribuyó a la curación de su hijo dándole la muñeca, la niña exclamaba: -Quien ha ganado soy yo, porque quien da a los pobres, da a Dios, y con una muñeca logré ganarme el corazón de V. y el de Luisito.
El bueno del criado estaba desesperado; pero Luisito, sin cuidarse de él, comenzó a recorrer las calles hasta que se detuvo delante de una frutera, compró una libra de peras y se las comió murmurando: -¡Qué ricas están!
¡qué no miraste en el maíz!» Y sin contestar nada, Luisito se fue al galope, costeando el alambrado mal estirado del pequeño retazo de tierra que don Anacleto, cada año, sembraba, con actitudes de sublime esfuerzo, y como para enseñar a sus vecinos con que empeño fomentaba en su casa el progreso de la agricultura.