Lucrecia


También se encuentra en: Sinónimos.
Búsquedas relacionadas con Lucrecia: Lucrecia Borja

Lucrecia (Lucretia)

 
(m. 509 a C) Dama romana, esposa de Tarquino Colatino. Su violación y suicidio motivaron el fin de la monarquía en Roma.
Traducciones

Lucrecia

Lucrezia

Lucrecia

SFLucretia
Ejemplos ?
De la torpeza ajena y violenta que padece en su forzado cuerpo una persona contra su voluntad CAPITULO XIX. De Lucrecia, que se mató por haber sido forzada CAPITULO XX.
PANCRACIO Yo se las doy como puedo, y no como debo; no hay Lucrecia que se llegue, ni Porcia que se le iguale; la honestidad y el recogimiento han hecho en ella su morada.
DON ANTONIO Vaya usted a que eso produzca efecto en estómagos que se han engullido los venenos de Lucrecia Borgia como quien se traga pastillas de la Mahonesa.
Lope de Vega le disculpa diciendo: ::No estaba pobre la feroz Lucrecia, ::Que, á darle Don Tarquino mil reales, ::Ella fuera más blanda y menos necia.
Primera parte de la vida de Marco Bruto Escribiola por el texto de Plutarco, ponderada con discursos, don Francisco de Quevedo y Villegas Texto Fue Junio Bruto aquel varón a quien los antiguos romanos en el Capitolio y en medio de los reyes erigieron una estatua de bronce, porque constantemente libró a Roma de la disolución de Tarquino y le echó de la ciudad, sacrificando al puñal de Lucrecia el nombre de rey, que después quedó delincuente.
Hago bien; que en la corte es menester con este cuidado andar; que nadie llega a besar sin intento de morder. ANARDA. Si así ha de ser, yo me llamo Doña Lucrecia Chacón. HERNANDO .
Con esto, y con que la noche también ayuda nos hizo, las seguí, y entré en su casa, de que estamos tan vecinos, que es esta que estás mirando, cuyo soberbio edificio avaramente publica los tesoros escondidos. Hablé con ellas; y al fin, la que ser Lucrecia dijo, me dió de tenerte amor, si honestos, claros indicios.
490 El bosque dividido en islas pocas, fragante productor de aquel aroma que, traducido mal por el Egito, tarde lo encomendó el Nilo a sus bocas, y ellas más tarde a la gulosa Grecia, 495 clavo no, espuela sí del apetito, que cuanto en concocelle tardó Roma fue templado Catón, casta Lucrecia, quédese, amigo, en tan inciertos mares, donde con mi hacienda 500 del alma se quedó la mejor prenda, cuya memoria es buitre de pesares.» En suspiros con esto, y en más anegó lágrimas el resto de su discurso el montañés prolijo, 505 que el viento su caudal, el mar su hijo.
En efecto; después de desterrado Tarquino el Tirano, el pueblo eligió por cónsul, juntamente con Bruto, a Lucio Tarquino Colatino, marido de Lucrecia; pero con cuánta justicia atendió el pueblo a la vida y costumbres y no al nombre de su ciudadano, y con cuánta impiedad Bruto, al tomar posesión de aquella primera y nueva dignidad, privó a su colega de la patria, y del oficio, a quien pudiera fácilmente privar del nombre, si éste le ofendía, es cosa fácil de ver.
Romero González desciende de una distinguida familia zarumeña que está vinculada con otras familias de distinguido abolengo residentes en la Provincia de El Oro y en las ciudades de Guayaquil y Quito, y representa uno de los altos valores de la Provincia de El Oro. Está casado con Doña Lucrecia Witt Rossi, única hija de Don Ernesto Witt Añasco y de Doña Catalina Rossi.
Esto hizo aquella celebrada Lucrecia: a la inocente, casta y forzada Lucrecia la mató la misma Lucrecia; sentenciadlo vosotros, y si os excusáis diciendo no podéis ejecutarlo porque no está presente para poderla castigar, ¿por qué razón a la misma que mató a una mujer casta e inocente la celebráis con tantas alabanzas?
Con todo, si por fortuna es así, y fue falsa la conjetura de que dos fueron en el acto y uno sólo el que cometió el adulterio, cuando, por el contrario, se presumía que ambos lo perpetraron, el uno con evidente fuerza y la otra con interior consentimiento, en este caso Lucrecia no se mató inocente ni exenta de culpa, y por este motivo los que defienden su causa podrán decir que no está en los infiernos entre aquellos que sin culpa se dieron la muerte con sus propias manos; pero de tal modo se estrecha por ambos extremos el argumento, que si se excusa el homicidio se confirma el adulterio, y si se purga éste se le acumula aquél; por fin, no es dable dar fácil solución a este dilema: si es adúltera, ¿por qué la alaban?, y si es honesta, ¿por qué la matan?