Ejemplos ?
La pequeña Lucila estaba destinada a satisfacer desde su llegada los caprichos sucios y repugnantes de un hombre que, no contento con tener el gusto más depravado, quería además ejercerlo en una virgen.
El conde que mencionó la Duelos y de quien habló también la Desgrangés el día 26, el que compró a Lucila, su madre y su hermanita, del que asimismo habló la Martaine en cuarto lugar el 1 de enero, tiene como última pasión la de colgar a tres mujeres sobre tres agujeros: una de ellas es colgada por la lengua y el agujero que tiene debajo es un pozo muy profundo; la segunda cuelga de las tetas, y el agujero bajo ella es un brasero; a la tercera se le ha hecho una incisión circular en el cráneo y está colgada por los cabellos, y el agujero que tiene debajo está guarnecido de punas de hierro.
Tú de mi amante corazón conoces El secreto, Lucila, doloroso: Aunque sólo de lejos, has oído Su gemido profundo y angustioso. Tú no sufriste ni lloraste nunca: Tu vida, solo ha sido una alborada Teñida, cual las plumas de un flamenco, Por una luz dulcísima y rosada.
La pobre pequeña Lucila tenía una vergüenza que sólo podría describirse con las expresiones superlativas que sería necesario emplear para describir la procacidad, la brutalidad y el malhumor de su sexagenario amante.
Puesto que fue Lucila quien lo satisfizo, será, si os place, en sus labios donde pondré el relato: "Llego a la casa del marqués —me dijo aquella encantadora criatura— hacia las diez de la mañana.
Tú, en el romance de la vida mía, De mi existencia en la novela triste, Hasta hoy llenaste el doloroso cuadro, Hasta hoy, Lucila, la heroína fuiste.
—Túmbate en este sofá, con los muslos muy altos y la cabeza bien baja. Lucila se coloca, el viejo notario la dispone de manera que sus piernas muy separadas dejen su lindo coñito lo más abierto posible y tan bien colocado a la altura del trasero de nuestro hombre que éste pueda servirse de él como orinal.
Entonces Lucila, recurriendo a los grandes medios, pone la pala en el fuego, la retira completamente roja y le anuncia que le quemará las nalgas para decidirlo a lo que le exige si no lo hace inmediatamente.
El primer cliente que llegó fue un viejo tesorero de Francia, antiguo amigo de la Fournier; le di a la joven Lucila, con la cual pareció entusiasmado.
La madre de Lucila acababa de caer en una miseria espantosa y fue por un azar extraordinario como aquella encantadora muchacha...
Tienes que levantarte la falda y enseñarme las nalgas. Lucila obedece temblando y descubre un culito blanco y lindo como debía ser el de la misma Venus.
Luego se encerró con Lucila y la cagada, y esta muchacha, tan diestra como complaciente, debía excitarlo a comerse aquella mierda infame.