Lohengrin

Lohengrin

 
lit. Nombre de uno de los héroes del ciclo del Santo Grial, hijo de Parsifal.
Ejemplos ?
Ella le dice a Elsa que el cisne que llevó a Lohengrin a la orilla era en realidad Gottfried, el hermano de Elsa, a quien ella maldijo volviéndolo un cisne.
Desciende una paloma del cielo, y, asumiendo el lugar del cisne a la cabeza del bote, lleva a Lohengrin al castillo del Santo Grial.
Solti también grabó con la orquesta Parsifal (1971), Lohengrin (1985), Tannhäuser (1970), Tristan e Isolda (1960) y Los Maestros cantores (1975).
El suave lied Wagneriano evoca dulces visiones, Walkyrias y sugestiones de un cerebro wagneriano; y al arrullo de tu piano desfilan en el jardín, sobre el Lago, Lohengrin, y, por el fino arenal -aúreo, cual oro de Rhin- custodias del Saint Greal...!
Había óperas que eran para mí un continuo transporte: Hugonotes, Africana, Puritanos, Fausto, y cuando fue refinándose mi inteligencia musical, El Profeta, Roberto, Don Juan y Lohengrin.
Y ella cantaba lentamente; y aunque no eran sino pobres muchachos enamorados, se veían hermosos, gloriosos y reales; él la miraba como a una Elsa, y ella le miraba como a un Lohengrin.
¡Ya lo creo! Sólo una vez oí una ópera... ¡y hace tantos años ya! ¡Y Lohengrin! Se dice que lo cantan divinamente... -¡Oh! ¡Ese Capinera!
l entusiasmo caldeaba el teatro. ¡Qué debut! ¡Qué Lohengrin! ¡Qué tiple aquella! Sobre el rojo de las butacas destacábanse en el patio las cabezas descubiertas o las torres de lazos, flores y tules, inmóviles, sin que las aproximara el cuchicheo ni el fastidio; en los palcos silencio absoluto; nada de tertulias y conversaciones a media voz; arriba, en el infierno de la filarmonía rabiosa, llamado irónicamente paraíso, el entusiasmo se escapaba prolongado y ruidoso, como un inmenso suspiro de satisfacción, cada vez que sonaba la voz de la tiple, dulce, poderosa y robusta.
Y Yáñez, recordando que aquella noche comenzaba la temporada de ópera con Lohengrin, su ópera predilecta, veía los palcos cargados de hombros desnudos y nucas adorables, entre destellos de pedrería, reflejos de seda y airoso ondear de rizadas plumas.
Pero una tarde, paseando por la playa, vio llegar por el mar, del Norte lejano, en un yate muy elegante, de grandes velas triangulares, tersas, largo, estrecho, sutil, como un espíritu de las hondas, vio llegar el Lohengrin de sus ensueños.
La profesora se puso amoratada, que es el modo de ruborizarse de los cardíacos. -Yo... ¡Lohengrin! ¡Ya lo creo, señora! -prorrumpió de súbito, en involuntaria efusión de un alma que hubiese podido ser artista si no fuese de madre de familia obligada a ganar el pan de tres chiquitines-.
La nave llegó a la orilla en el crepúsculo pero no tenía sino un tripulante, un gallardo caballero, de brillante armadura, fiel retrato del Príncipe Lohengrin, el rutilante hijo de Parsifal.