La Bastilla

Bastilla, La

 
Fortaleza del E de París que fue prisión del Estado.
Ejemplos ?
Ella, como si no le oyese, le dice con autoridad, tuteándole: —Vas á llevar á estos dos viajeros. Es ahí cerca, á la Bastilla. La sorpresa deja estupefacto al soldado.
Su muerte fue llorada por el pue­blo francés, cuyo corazón supo conquistar a pesar del inicial rechazo que le procuraron sus convicciones religiosas. Voltaire le dedicó un poema épico, la Henriada, que compuso mientras estaba prisionero en La Bastilla.
Una fuerza me empujaba, una necesidad de caminar. Me dirigí, pues, hacia la Bastilla. Allí me di cuenta de que nunca había visto una noche tan sombría, porque ni siquiera distinguía la columna de Julio, cuyo genio de oro se había perdido en la impenetrable oscuridad.
Pero a sus dos hijitos inocentes, de 8 años el uno y de 7 el otro, mandó conducirlos al cadalso, donde fueron rociados con la sangre, aún caliente, de su padre, y luego los hizo encerrar en la Bastilla, en una jaula de hierro, sin darles una mala manta que les sirviera de lecho; y el rey Luis mandaba cada ocho días al verdugo para que les arrancase un diente a cada uno, así que no lo pasaban muy bien los pobrecillos.
Son las fatales, son las que sitiaron el palacio de Versalles después de la toma de la Bastilla; son las que hubo que barrer a tiros en San Petesburgo y en Barcelona; son las que volverán, furias sagradas cuyo gesto cierra cada época histórica y abre las esclusas del futuro.
Y resaltaba el hecho de que alIí no se arrancó una sola hoja de un árbol; cómo los revolucionarios y cómo el pueblo, actuando con un sentido del orden y de la disciplina que no tiene paralelo, se habían abstenido de tocar una sola hoja de toda aquella finca donde había tantos objetos valiosos, tantos árboles, tantas construcciones, cuando en todas partes del mundo —desde la Revolución Francesa, en que el palacio de Versalles fue asaltado por la multitud o La Bastilla fue destruida—, cuando en todas las revoluciones siempre el pueblo se abalanza contra aquellos objetos, aquellas residencias que significan los símbolos de la tiranía, para destruirlas, en su sed de vengar los crímenes y los oprobios que se hayan cometido.
Pero Jacques no era uno de esos espíritus fríos, estériles para la acción, que viven metidos en la especulación pura, sin prestar oído a los ruidos del mundo, y sin apartar su pensamiento del problema, como Kant, en su cueva de Koenisberg, levantando un momento la cabeza para ver la caída de la Bastilla, y volviéndola a hundir en la profundidad de sus meditaciones, como el fakir hindú que, perdido en la contemplación de Brahma y susurrando su eterno e inefable monosílabo, ignora si son los Tártaros o los Mongoles, Tamerlán o Clive, los que pasan como un huracán sobre las llanuras regadas por el río sagrado.
Sois, sí, los cruzados de la República, los hombres de fe ardiente y sincera que al grito mágico de ¡la libertad lo quiere!, os arrojáis al campo de combate con fiereza y denuedo sólo comparables a los que animaban a los soldados de la Rochela o a los asaltadores de la Bastilla.
En todo movimiento popular se sabe dónde se empieza, no dónde se acaba: lo que se inicia con la huelga de unos pocos obreros o el alboroto de unas cuantas mujeres, puede terminar con una liquidación política y social. Los mismos que en 1789 comenzaron por atacar la Bastilla no pensaron tal vez que en 1793 concluirían por guillotinar a Luis XVI.
Los franceses que en 1789 demolieron la Bastilla, los italianos que en 1870 abrieron la brecha de la Porta Pía, tal vez creyeron servir únicamente al bien de sus respectivas naciones, cuando lucharon por los intereses de la Humanidad.
No tuvo más éxito la retirada de las coronas de siemprevivas de la Columna de Julio La columna de Julio, erigida en 1840 en la Plaza de la Bastilla de París en memoria de los caídos durante la revolución de Julio de 1830, estaba adornada con coronas de siemprevivas desde los tiempos de la revolución de febrero de 1848.- .
El pueblo mexicano en 1910, cuando de una tiranía sin precedente y de un viejo régimen conservador simbolizado en el Sila mexicano, Porfirio Díaz, solicitó y exigió reivindicaciones de libertades, derechos y una reforma luminosa que desencadenara la corriente de su progreso, se hizo oír en la prensa, en la tribuna, en el parlamento, en todas partes; pero la tiranía, sorda a las vibraciones de la palabra y ciega ante los relámpagos del pensamiento, permaneció aletargada en el poder, como Luis XVI al clamoreo estentóreo de La Bastilla, hasta que el pueblo se hizo escuchar por medio de las balas 30-30 y el rimbombar de cañones y ametralladoras, en los campos de la lucha fratricida.