Ejemplos ?
En lo más íntimo de su alma caviló mucho Poldy sobre todo esto, y urdió y tejió infinidad de historias, en su sentir bellísimas, con las que ella se deleitaba en secreto sin comunicárselas a nadie, ni siquiera a la anciana institutriz Justina que era su confidente.
Se apeaba en los fondos que daban a un sendero que moría en el callejón. No quería que la gente lo viera llegar allí. Justina colmaba todas sus necesidades de hombre, de ser social y hasta de ternura.
No parece muy aventurado afirmar con respecto a este sueño que el desarrollo de los cinco actos de la obra y la observación de las impresiones que cada escena iba despertando en el público no necesitan constituir una creación original producida durante el reposo, sino que puede reproducir una labor anterior de la fantasía en el sentido ya indicado. Justina Zobowolska hace resaltar con otros autores como un carácter común a todos los sueños de acelerado curso de representaciones el ser particularmente coherentes, a diferencia de los demás, y el de que su recuerdo es más bien sumario que detallado.
Sully y Justina Zobowolska: Sur ces successions incohérentes d'hallucinations, l'esprit s'efforce de faire le même travail de coordination logique qu'il fait pendant la veille sur les sensations.
Montes llegaba a la casa de Justina una vez por mes. Siempre a boca de noche. La casa daba frente a la calle real a la que le hacían costado una, veintena más, entre ranchos y viviendas de ladrillo.
Cuando llovía, jugaban a la escoba y comían tortas fritas. Justina, pasaba, a una pieza lindera, dejando la puerta entornada para hacer presencia y no fastidiar con su frialdad a los demás.
Esta falta de amistades masculinas le daba a los ojos de las otras, una autoridad que ninguna quebrantaba, convencidas como estaban que los hombres eran buenos sólo si se les trataba así, como lo hacía Justina.
Cuando golpeó la puerta salió a recibirlo una niña. Justina estaba enferma, pero no bien sintió los golpes ordenó a gritos: —¡Anda criatura!.
¡Anda!... Justina estaba acostada. La niña luego de abrir la puerta entró en la cocinilla y volvió con una taza que entregó a la mujer y allí se quedó mirándose los pies, tratando de salvarse de la presencia del hombre.
Parecía anegado de una dulzura que lo infantilizaba. El, que era tan voraz, comía despacio, según observó Justina desde la cama. La luz del farol cayendo desde arriba le daba al cuadro una sencilla naturalidad que hacía feliz a la enferma.
Apenas salió la niña, Justina empezó a informar a Montes: —Tengo que irme al pueblo... ¿No ve que el doctor viene una vez por mes no más?...
Se desprendía del rostro una dulzura ya definitiva. Pesaba el silencio. Era casi insoportable ya, cuando Justina devolvió la taza a la niña. —Andate y te quedás no más.