Jerjes

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Jerjes

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El celador que, como Jerjes, había presenciado el combate de lo alto de un banco, corrió a comunicar a Torres, plagiando él a su vez a La Fayette en su respuesta al conde de Artois, que aquello no era ni un motín vulgar, ni una sedición, sino pura y simplemente una revolución.
Leería en Heródoto, quien ya tenía al África por una península del Asia, que Jerjes envió un marino, llamado Setaspes, a que reconociese las costas occidentales de la Libia, y que, cansado éste de ver siempre lo mismo después de muchas semanas de navegación, falto de víveres y desesperanzado de hallarle fin a aquel litoral inmenso, tornó a Egipto, asegurando haber descubierto más de setecientas leguas de costa.
Recuerda cómo Jerjes, atrevido, ultrajó, por llegar a nuestra orilla, con nuevos puentes la región marina; y vistiendo verás negra mantilla toda persa mujer por su marido, y tinto en sangre el mar de Salamina.
SQUILO LOS PERSAS PERSONAJES Coro de ancianos Acosa (madre del rey) Mensajero Sombra de Darío Jerjes (rey de los persas) La escena tiene lugar en Susa, capital de los persas, delante del palacio del Gran Rey.
De los persas que han marchado hacia la tierra de la Hélade, estos son los llamados Fieles, guardianes de este palacio opulento y lleno de oro, que por su magnificencia el propio rey Jerjes, hijo de Darío, escogió para vigilar sobre el país.
- XIV - Nino, Nembrot, Sesostris y Cambises, De sangre a Egipto con furor regaron; Alejandro, Conón, Jerjes y Ulises, En sangre a Grecia sin piedad bañaron.
El mismo Isaac, siendo de edad de sesenta años, tuvo sus dos hijos gemelos, Esaú y Jacob, de su esposa Rebeca, viviendo aún el abuelo de estos niños, que tenía entonces ciento sesenta y cinco años, el cual murió a los ciento setenta y cinco, reinando en Asiria Jerjes, el más antiguo, llamado también Baleo, y en Sicionia Turimaco, a quien algunos llaman Turimaco, que fueron sus séptimos reyes.
Vamos, pues, persas, y sentados bajo este tejado anti­guo, meditemos sabia y profundamente -la necesidad nos acosa- examinando la situación de Jerjes rey, nacido de Da­río, raza nuestra con el nombre heredado de sus abuelos.
(El coro se postra y entra la Reina madre en su carro, seguida de un numeroso cortejo.) Oh reina, soberana de las mujeres persas, de grácil talle, madre venerable de Jerjes, salve, mujer de Darío.
Entonces una se jactaba de este atavío, y ofrecía a las riendas una boca dócil; la otra, al contrario, respingaba y de repente con las manos destroza los arreos del carro, lo arrastra con violencia a pesar de las riendas, y finalmente rompe por el medio el yugo. Mi hijo cae; su padre, Darío, compadecién­dolo, acude a su lado; pero Jerjes al verlo rasga los vestidos que le cubren.
Desarrolla, pues, toda la catástrofe, y soségante dinos, aunque gimas por los males, quién, de entre los jefes, no ha muerto, a quién hemos de llorar, y quién prestando servicio como cetrero ha dejado al morir su lugar vacío. MENSAJERO. El propio Jerjes vive y ve la luz. REINA.
Por lo que respecta a la multitud, sabe que el bár­baro habría vencido con sus naves; pues los helenos tenían un total de trescientos navíos y, además de estos, diez naves es­cogidas. Jerjes, al contrario, lo sé, conducía una flota de mil naves, y las que sobresalían por su rapidez eran doscientas siete.