Irene

Irene (Eirénē)

 
(752-803) Emperatriz de Oriente en 797-802. Después de destronar a su hijo Constantino VI (797) tuvo que hacer frente a las luchas de los musulmanes.
Traducciones

Irene

Irene

Irene

Irene
Ejemplos ?
La negación fue firme y categórica, con sabor de dignidad varonil. -Mira, hija mía -añadió Solano, fijando sus ojos en Irene con insistencia abrasadora-.
Cierto es que nadie miente sin un objeto, mas es auténtico que Balder jamás mentía, ni para defender intereses estimables. La única mujer engañada de continuo, respecto a su situación, fue Irene.
-Eres de remate -exclamó Irene, sofocada, a pesar suyo, por la risa. -Bueno -murmuró él, enderezándose-. Te hago reír. Preferiría otra nota...
Que pase. Tres minutos después, el visitante se inclinaba ante Irene. Pero ella, irónica y afectuosa, le rió con los ojos: -Nada de cumplidos.
-Me había olvidado de que llevo varias semanas sin verlo a usted -me dijo-. Esto es un pequeño recuerdo del rey de Bohemia en pago de mi colaboración en el caso de los documentos de Irene Adler.
Descubierta, al fin, como hemos referido, por el prefecto La Fuente, Irene le confió su secreto; y a tal punto llegó el general a interesarse por la desventura de la joven, que hizo venir a su presencia a Hildebrando, y no sabemos si con razones o amenazas obtuvo que el seductor se aviniese a reparar el mal causado.
Ocho días más tarde Irene e Hildebrando recibían la solemne bendición sacramental. Está visto que sobre la tierra, habiendo hembra y varón de por medio, todo, hasta las apariciones de almas en pena, remata en matrimonio, que es el más cómodo y socorrido de los remates para un novelista.
En vano se le antepone Densa nube de corchetes, De escribanos y testigos, Él tira siempre de frente, Y en dos minutos despeja De bultos el gabinete, Y huye espantada la turba, Al rey invocando siempre. Desmayóse la Sirena, Rompió en clamores la Irene, Y en un momento en la calle Se arremolinó la gente.
Se levantó, haciendo ondular la cola de su graciosamente desmañado traje de interior, de «meteoro» malva, con bordados acachemirados y flequillos de seda floja; y, al dar la espalda a su interlocutor (aquel Francisco Javier Solano con el cual había flirteado tantas veces en tan diversas ocasiones), pudo él notar la plenitud que los treinta y tres años habían prestado a las bellas formas de Irene y el esplendor de su nuca, donde nacían, entre nácares y marfiles, rebeldes rizos cortos, aborrascados, como si un soplo ardiente los encrespase.
Pero después de la explosión de su hastío, repleto de malevolencia, se apartaba de esas desdichadas, lívido de rencor, como si ellas fueran responsables de la existencia de ese infierno en el que se consumía sin posibilidad de salvarse. Al aparecer Irene, su corazón dio un salto tremendo.
Conversarían interminablemente, le narraría la odisea de su inercia. Irene le perdonaría sus ficciones, admitiría realmente que él era un hombre que no mentía nunca.
Y con mezcla de cómico y serio, Solano se medio arrodilló ante Irene, y en el respaldo de lira de una silla imperio hizo ademán de tocar la guzla.