Imperio romano

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Imperio romano

 
V. Roma.
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Imperio romano

Römisches Reich
Ejemplos ?
Pero no me detendría ahí. Incluso iría a los tiempos de auge del Imperio Romano, y vería los desarrollos ahí, a través de diversos emperadores y líderes.
Exceda los hechos y los años del divino Augusto; pero hagan de modo que el tiempo que fuere mortal no vea en su casa cosa mortal, y que con larga fe apruebe a su hijo para gobernador del Imperio romano, teniéndole antes por compañero que por sucesor.
César, mi tío, entre los abrazos y besos perdió a Druso Germánico, mi padre, hermano menor suyo, cuando estaba abriendo lo más cerrado de Alemania, sujetando al Imperio romano aquellas ferocísimas gentes.
Al desprenderse la América de la Monarquía Española, se ha encontrado semejante al Imperio Romano, cuando aquella enorme masa cayó dispersa en medio del antiguo mundo.
¿Qué república ha excedido en duración a la de Esparta, a la de Venecia? ¿El Imperio Romano no conquistó la tierra? ¿No tiene la Francia catorce siglos de monarquía?
Aun en los tres primeros siglos, cuando una en pos de otra suscitaba el infierno encarnizadas persecuciones para oprimir en su cuna a la Iglesia, y todo rebosaba sangre de cristianos, la voz de los predicadores evangélicos se difundió por todos los confines del Imperio romano.
El Imperio Romano se acrecentó con la sobriedad y virtud de los cónsules bajo la tutela del Senado durante la era republicana, pero a la vez decayó y se derrumbó a partir de la soberbia del poder omnímodo y de la vida depravada de los césares.
Si para alcanzar y dilatar el Imperio les aprovechó a los romanos el culto de sus dioses CAPITULO XXIX. De la falsedad del agüero que pareció haber pronosticado la fortaleza y estabilidad del imperio romano CAPITULO XXX.
Con todo, aquellos dioses patronos del Imperio romano, y que, como en un teatro, estaban mirando estos debates padecían entre sí los impulsos de la pasión que tenía cada uno a la parte que favorecía, hasta que la hermana de los Horacios, como habían sido muertos los tres Curiacios, también ella, muriendo a manos de su hermano, entró con sus dos hermanos a ocupar el número de los otros tres de la otra parte, para que así no tuviera menos muertos la vencedora Roma.
Entonces, y sólo entonces, lucirá en toda su claridad, como lució sobre las ruinas del Imperio romano, la antorcha de la fe cristiana, que en vano trata de apagar la flaca razón del moderno sensualismo, deslumbrada ante sus purísimos resplandores, luz inextinguible y perenne, ante la cual volverán los pueblos a constituirse y los hombres a buscar la verdad que hoy no encuentran, porque les ciega el vértigo de las pasiones que hoy engendra la falsa sabiduría.
Del mismo modo alababa públicamente Tertuliano a los cristianos, porque eran, entre todos, los mejores y más seguros amigos del imperio: «El cristiano no es enemigo de nadie, ni del emperador, a quien, sabiendo que está constituido por Dios, debe amar, respetar, honrar y querer que se salve con todo el Imperio romano»(22).
Cuando se prodigó mucho esta costumbre fue en el imperio romano, con las estatuas despojos de los templos griegos y del Egipto, en el Barroquismo y actualmente que queremos aparentar despojos que no existen.