Dolores

Dolores

 
Mun. de la prov. española de Alicante; 6 239 h.
Ejemplos ?
Si no es la quiebra de su amigo y paisano Costavilla, no tendría ocasión de ponerse en frecuente contacto con la hermana, aquella Anita Dolores -mujer ya espigada en los treinta años, y más desenvuelta que candorosa.
Los que éramos jóvenes en aquellos días legendarios no sentíamos dominado el espíritu por la embriaguez de la victoria ni afligido el corazón por los sacrificios de la grandiosa lucha; satisfacciones y dolores ante otra preocupación, otra atracción; era el progreso, el engrandecimiento y la felicidad de Chile, era su misión bienhechora en el continente sudamericano.
¡Dadme mis veinte duros! ¡Dádmelos, por los dolores de María Santísima! Una carcajada de burla contestó a las quejas del pobre padre.
En efecto, el decimosexto día de la carestía, víspera del día de Dolores, entró a nado por el paso de Burgos al matadero del Alto una tropa de cincuenta novillos gordos; cosa poca por cierto para una población acostumbrada a consumir diariamente de 250 a 300, y cuya tercera parte al menos gozaría del fuero eclesiástico de alimentarse con carne.
Y cuando ya era el momento y dieron la vuelta las estaciones, con el paso de los meses, y se cumplieron muchos días, nueve jóvenes de iguales pensamientos, interesadas solo por el canto y con un corazón exento de dolores en su pecho, dio a luz aquélla, cerca de la más alta cumbre del nevado Olimpo.
Subercasaux, con sus dos chiquitos, hechura suya en sentimientos y educación, se consideraba el padre más feliz de la tierra. Pero lo había conseguido a costa de dolores más duros de los que suelen conocer los hombres casados.
¿Que gobierna, y dirige las cosas mismas de que se pretende está compuesta, las resiste durante casi toda su vida reprimiendo a las unas más duramente por los dolores, como la gimnástica y la medicina, tratando a las otras con más dulzura y contentándose con amenazar y reñir los deseos, la cólera, los temores, como cosas de naturaleza distinta a la suya?
Subercasaux, en un principio, no se había atrevido a quitarse las botas, que el lodo profundo retenía al punto de ocasionarle buenos dolores al arrancar el pie.
Y la señora Rosario miró a hurtadillas el animado corro de mozas, todas las cuales, sin duda, hubieran dado un ojo de la cara por enterarse de lo que hablaban la señora Rosario la Lechuguina y Dolores la Jarampera.
-Conque de juelguecita, ¿eh? -refunfuñó la señora Dolores dando un punto reposo a sus manos esqueléticas y renegridas. -De cuasi juelga -repúsole el viejo sonriendo maliciosamente-; polque pa juelga le faltó cuasi lo más necesario.
Pa saber quién era mi María de los Dolores no hay más que preguntárselo a mi compadre el Tocinero, que por haberse metío una vez en camisa de once varas, desde dos años antes que recogiera Dios a mi María no pudo volver a poner un pínrel en mis cubriles.
Ya habíale tocado el turno a Dolores, y ya había ésta colocado su cántaro bajo el chorro cristalino que arrojaba por entre sus labios de piedra una maltratada cariátide, cuando...