Diomedes

Diomedes (Diomēdēs)

 
mit. Héroe griego, hijo de Tideo y de Deipila.
Ejemplos ?
ntonces Palas Atenea infundió a Diomedes Tidida valor y audacia, para que brillara entre todos los argivos y alcanzase inmensa gloria, e hizo salir de su casco y de su escudo una incesante llama parecida al astro que en otoño luce y centellea después de bañarse en el Océano.
Los habitantes de Argos, Tirinto amurallada, Hermíona y Asina en profundo golfo situadas, Trecena, Eyonas y Epidauro en vides abundosa, y los jóvenes aqueos de Egina y Masete, eran acaudillados por Diomedes, valiente en la pelea; Esténelo, hijo del famoso Capaneo, y Euríalo, igual a un dios, que tenía por padre al rey Mecisteo Talayónida.
Acertóle en la cimera del casco, guarnecido con crines de caballo, la lanza se clavó en la frente, la broncínea punta atravesó el hueso y las tinieblas cubrieron los ojos del guerrero. Diomedes, valiente en el combate, mató a Axilo Teutránida, que, abastado de bienes, moraba en la bien construida Arisbe; y era muy amigo de los hombres porque en su casa situada cerca del camino, a todos les daba hospitalidad.
Halló al animoso Diomedes, hijo de Tideo, de pie entre los corceles y los sólidos carros; y a su lado a Esténelo, hijo de Capaneo.
Hubo en Troya un varón rico e irreprensible, sacerdote de Hefesto, llamado Dares; y de él eran hijos Fegeo e Ideo, ejercitados en toda especie de combates. Estos iban en un mismo carro; y separándose de los suyos, cerraron con Diomedes, que desde tierra y en pie los aguardó.
Y si también éstos quieren irse, huyan en los bajeles a su patria; y nosotros dos, Estenelo y yo, seguiremos peleando hasta que a Ilión le llegue su fin; pues vinimos debajo del amparo de los dioses. Así habló; y todos los aqueos aplaudieron, admirados del discurso de Diomedes, domador de caballos.
Pero ninguno de ellos vino entonces a librarle de la lúgubre muerte, y Diomedes le quitó la vida a él y a su escudero Calesio, que gobernaba los caballos.
Tan luego como el preclaro hijo de Licaón vio que Diomedes corría furioso por la llanura y tumultuaba las falanges, tendió el corvo arco y le hirió en el hombro derecho, por el hueco de la coraza, mientras aquél acometía.
Pero al fin Diomedes, valiente en la pelea, dijo: —No se acepten ni las riquezas de Alejandro ni a Helena tampoco pues es evidente, hasta para el más simple, que la ruina pende sobre los troyanos.
El fuerte Diomedes oyó con respeto la increpación del venerable rey y guardó silencio, pero el hijo del glorioso Capaneo hubo de replicarle: —¡Atrida!
Era jefe supremo Diomedes, valiente en la pelea. Ochenta negras naves les seguían. Los que poseían la bien construida ciudad de Micenas, la opulenta Corinto y la bien edificada Cleonas; los que cultivaban la tierra en Ornías, Aretirea deleitosa y Sición, donde antiguamente reinó Adrasto; los que residían en Hiperesia y Gonoesa excelsa, y los que habitaban en Pelene, Egio, el Egíalo todo y la espaciosa Hélice: todos éstos habían llegado en cien naves a las órdenes del rey Agamemnón Atrida.
Cuando estuvieron cara a cara, Diomedes, valiente en la pelea, dijo el primero: —¿Cuál eres tú, guerrero valentísimo, de los mortales hombres?