Detesto …

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El enfermo, sonriendo con sarcasmo, continuó: -Ya ve usted si he nacido, en un continente de Naturaleza espléndida... Supongo que por lo mismo la detesto doble.
Carlos prorrumpió en blasfemias. ¡Detesto al Dios de ustedes! El espíritu de rebelión no le ha dejado todavía suspiró el eclesiástico.
Yo amo la luz, y el cielo, y los colores, Detesto las tinieblas, amo el día; Todas en él las auras son olores, Todos en él los ruidos armonía.
Sin embargo, no me agradan ciertos alimentos, esos cuyo nombre de comestible debía cambiarse a aborrecible. ¡Uf! ¡Las verduras! Son muy nutritivas, dicen, pero la mera verdad las detesto y máxime cuando están hervidas. ¡Y la sopa! ¡Ah!
-Es usted una persona antipática -dijo el cohete- y mal educada. Detesto a las gentes que hablan de sí mismas como usted, cuando necesita uno hablar de uno mismo, como en mi caso.
—Cierto es que detesto la progenitura —dijo el presidente—, y que cuando la bestia está repleta me inspira una furiosa repugnancia; mas pensar que maté a mi mujer por eso, podría engañarte; has de saber, puta, que no necesito ningún motivo para matar a una mujer, y sobre todo una vaca como tú, a la que te impediría que parieras tu ternero si me pertenecieses.
Perdona mis arranques de grandeza que no admite pequeñeces ni miserias, pues aunque barro, detesto ser el lodo que se bate en las fatuas pretensiones de folclóricos machistas engreídos de su falo, penito usufructuado entre cadenas, adormecidos, o de su virgen culo improductivo, conservado por el miedo a descubrirse homosexuales señoritos siendo don juanes o insistentes casanovas de la calle o casados muy sonrientes de sus coitos caros.
¿Qué iniquidades has perpetrado contra mí casando a tu hija, atento sólo a tu inclinación? A quien detesto es a mi marido; pero según creo, has obrado con prudencia.
-Me hubiese gustado tomarla inmediatamente -di­jo lady Clementina, mirando al trasluz la capsulita trans­parente, con su burbuja flotante de aconitina liquida-. Te lo confieso: detesto a los médicos, pero adoro las medici­nas.
ella, en cambio, cree en la felicidad, en el sentido de «eterna felicidad» que estaría en su vida si pudiera pasar los días entre fiestas... –Detesto la miseria.
Pero acércate más: ¿me permites que yo solo señale la cantidad que debe dársete como indemnización y que en adelante sea amigo tuyo, o prefieres fijarla tú? EL ACUSADOR: Habla tú, pues detesto los pleitos y ne­gocios.
Yo detesto como vosotros su libro, que tal vez yo entiendo mejor que vosotros, y al que habéis respondido muy mal; pero ¿habéis visto que este libro haya cambiado la faz del mundo?