Detesto…

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Detesto… 
Ejemplos ?
Te desprecio tal vez y te detesto, y aras tal vez mi asombro te erigiera, que eres a un tiempo, misterioso y doble, vil como nadie y como nadie noble.
Apartaos, impúdicas quimeras; Más os detesto cuanto más vosotras Tenaces me seguís; ya no sois nada, Cesó el festín, rompiéronse las copas.
Y, aunque ahora lo detesto, me vuelvo ignominioso, e inoportuno; que el pobrecillo ayuno viene a hacer lo que hubiera en otro estado a otro censurado.
hollando tus juramentos, así en mi ausencia me vendes? —Perdón, clamó Margarita, ¡Oh, me detesto!… —Detente, que con que tú te aborrezcas, él mi honra no me vuelve.
Pero acércate más: ¿me permites que yo solo señale la cantidad que debe dársete como indemnización y que en adelante sea amigo tuyo, o prefieres fijarla tú? EL ACUSADOR: Habla tú, pues detesto los pleitos y ne­gocios.
Yo te detesto, armatroste vil, porque haciendo tú el trabajo de diez, veinte o treinta obreros, me quitas el pan de la boca y condenas a sufrir hambre a mi mujer y a mis hijos.
Yo amo esos caracteres que se complacen en alentar con el elogio, y detesto la crítica malévola ó intran- sigente que, desdeñando las bellezas, goza en rebuscar tunarles y aquilatar defectos, rebajando siempre la talla del escritor novel.
Como buen aficionado a la música, yo detesto la zarzuela; pero concurrí asiduamente al teatro por lo consabido «¿Adónde vas, Vicente?
-Es usted una persona antipática -dijo el cohete- y mal educada. Detesto a las gentes que hablan de sí mismas como usted, cuando necesita uno hablar de uno mismo, como en mi caso.
Sin embargo, cansan a la larga replicó Emma; y ahora, al contrario, me gustan las historias que se siguen de un tirón, donde hay miedo. Detesto los héroes vulgares y los sentimientos moderados, como los que se encuentran en la realidad.
No es apurar la copa del deleite, yo es el goce y no más de los sentidos, esto no, no es amor para el poeta: amor es para mí sólo ternura, una sola mirada de inocencia que deseche del alma la amargura; un suspiro tal vez, una sonrisa, un enternecimiento repentino, una sola palabra de consuelo, y un dulce no sé qué que no defino. Este es todo el amor para mi alma: amor sin inocencia le detesto.
Perdona mis arranques de grandeza que no admite pequeñeces ni miserias, pues aunque barro, detesto ser el lodo que se bate en las fatuas pretensiones de folclóricos machistas engreídos de su falo, penito usufructuado entre cadenas, adormecidos, o de su virgen culo improductivo, conservado por el miedo a descubrirse homosexuales señoritos siendo don juanes o insistentes casanovas de la calle o casados muy sonrientes de sus coitos caros.