Atridas

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Atridas (Atreídai)

 
mit. Nombre dado por Ho mero a los descendientes de Atreo.
Ejemplos ?
Aunque seas orador fecundo, calla y no quieras disputar con los reyes. No creo que haya un hombre peor que tú entre cuantos han venido a Ilión con los Atridas.
Tales eran los caudillos y príncipes de los dánaos. Dime, Musa, cuál fue el mejor de los varones y cuáles los más excelentes caballos de cuantos con los Atridas llegaron.
El rico Príamo, guiado por ti, abandonó a Ilión, burló a los soberbios Atridas, y cruzó por entre las hogueras de los tésalos y el campamento que fue la ruina de Troya.
¡oh raza tracia, poseída de Ares, armada, que lleva lanza, que tiene caballos hermosos! ¡Oh aqueos! ¡Oh Atridas! ¡Lanzo gritos terribles!
en verdad no me inspiraste temor, aunque caudillo de los Dánaos, y Árcade, aunque unido por tu linaje a los dos Atridas; antes la rectitud de mis intenciones, los santos oráculos de los dioses, nuestro origen común y tu fama, esparcida, por toda la haz de la tierra, me han unido a ti, impulsándome de consuno mi voluntad y los hados, Dárdano, primer padre y fundador de la ciudad de Troya, nacido de Electra, hija de Atlante, al decir de los Griegos, pasó al país de los Teucros; el poderoso Atlante, que sostiene las etéreas bóvedas en sus hombros, fue el padre de Electra.
Al cabo de tres días acabaría el año 1819 y empezaría para ellas una terrible escena, una tragedia sin puñal, ni veneno, ni sangre, pero más cruel que todos los dramas desarrollados en la ilustre familia de los Atridas.
¿Cuál dios, qué demencia os impelió a Italia? Aquí no os las habéis con los Atridas ni con el artero Ulises. Nación brava, de dura estirpe, tenemos por costumbre meter en un río a nuestros hijos recién nacidos para robustecerlos con el contacto del áspero hielo y de las olas; de niños se avezan a la caza y a fatigar el monte; sus juegos son domar potros y manejar el arco y las flechas; sufrida para el trabajo, acostumbrada a la sobriedad, nuestra juventud, o doma la tierra con el arado o gana ciudades con la espada.
Este, deseando redimir a su hija, habíase presentado en las veleras naves aqueas con un inmenso rescate y las ínfulas del flechador Apolo que pendían de áureo cetro, en la mano; y a todos los aqueos, y particularmente a los dos Atridas, caudillos de pueblos, así les suplicaba: —¡Atridas y demás aqueos de hermosas grebas!
Entre ellas se precipita, plaga mortífera para los cornudos animales cuyos espinazos, girando sobre si mismo sin parar, va quebrando, y hora le parece que a ambos Atridas de su propia mano esta matando, hora cree atacar a algún otro caudillo.
Luego, Crises, sacerdote del flechador Apolo, queriendo redimir a su hija, se presentó en las veleras naves aqueas con inmenso rescate y las ínfulas del flechador Apolo, que pendían del áureo cetro, en la mano; y suplicó a todos los aqueos, y particularmente a los dos Atridas, caudillos de pueblos.
Los más valientes —los dos Ayaces, el célebre Idomeneo, los Atridas y el fuerte hijo de Tideo con los suyos respectivos— ya por tres veces se han encaminado a aquel sitio para intentar el asalto: alguien que conoce los oráculos se lo indicó, o su mismo arrojo los impele y anima.
Siguieron a Diomedes, los Atridas Agamemnón y Menelao; los Ayaces, revestidos de impetuoso valor; Idomeneo y su servidor Meriones, igual al homicida Ares; Eurípilo, hijo ilustre de Evemón; y en noveno lugar, Teucro, que, con el flexible arco en la mano, se escondía detrás del escudo de Ayante Telamonio.