zapatero remendón

Traducciones

zapatero remendón

calzolaio, ciabattino
Ejemplos ?
l tío Cerote era un zapatero remendón, que siempre andaba a la greña con su mujer, vieja, fea, negra y más seca que las llares del hogar.
Hasta el barbero, el zapatero remendón y el sastre de una calle cercana, tres de sus compañeros de taberna, los más pobres pero los más alegres, le observaban con aquella abundancia de simpatía que generalmente acompaña a la carencia de dinero; sin duda, en caso de necesidad, el contenido de sus bolsillos hubiera estado a disposición de Wolfert, sólo que se encontraban completamente vacíos.
Halicarnaso era un zapatero remendón que tenía establecidos sus reales en un tenducho fronterizo a la portería del colegio, tenducho que, allá por los tiempos de rectorado del ilustre D.
Juntó las puntas de los dedos, depositó en ellas, un beso y se le envió a su mujer, que le contestó con otro transmitido por la misma vía telegráfica. Perico corrió en seguida a vestirse, y se vistió, no de caballero elegante, sino de zapatero remendón endomingado.
Fuese a su casa como si saliera de la escuela; y al día siguiente, al pasar delante del tenducho del remendón, en vez de gritar: Zapatero, zapatero, echa suela en el puchero; zapatero remendón, te has comido un gran ratón.
apatero tira-cuerno, como canta el villancico, o mejor dicho, zapatero remendón era, por los años de 1675, Perico Urbistondo, mozo mellado de sesos, pero honrado a carta cabal.
-Pues no diré yo lo que decía un ex zapatero remendón, portero de un instituto de segunda enseñanza, a las personas que iban a ver el gabinete de física del establecimiento, después de cerciorarse de que eran legas en aquella ciencia.
Teníanle los niños mucha afición, que él les agradecía poco, pues consistía en molestarle; y al salir de la escuela, en vez de ir directamente a sus casas, tomaban por la callejuela y pasaban corriendo delante del tenducho, gritando: Zapatero, zapatero, echa suela en el puchero; zapatero remendón, te has comido un gran ratón.
Don Juan vivía en la calle de Atocha, en un palacio cuyo lujo y comodidades eran el presulta del lujo y la comodidad (como decía Perico, el zapatero remendón de la guardilla de enfrente, llamado por mal nombre Carape, que entendía de latín tanto como yo); sus coches y caballos valían un dineral; en su mesa se servían hasta en día de trabajo los manjares más ricos que Dios crió o inventaron los hombres, y, por último, las chicas más, guapas que paseaban por Madrid se despepitaban por don Juan.
Otro se hacía pinchar las nalgas, el vientre, los cojones y el pito con una gran lezna de zapatero remendón, aproximadamente con las mismas ceremonias, es decir, hasta que se comía los excrementos que yo le presentaba en un orinal sin que quisiera saber de quién eran.
Echó a andar sirviéndole las ratas de escolta; y Rafaelito, al pasar delante del espejo, vio con espanto que se había convertido en el zapatero remendón.
¿Para qué demonios quiero la vida si he visto a un zapatero remendón ganar dos pesetas diarias y ser dos mil veces más feliz que yo, que tengo doscientos millones?