Ejemplos ?
Txikitero como los que no quedan, este técnico de reparaciones es experto en servirse de todo tipo de zalamerías y chantajes para salirse siempre con la suya y tirarse en el sofá frente a la televisión sin dar un palo al agua.
Penetró éste en el despacho de Su Excelencia, dando dos pasos adelante y uno atrás, que era como andaba en las circunstancias graves, y poniéndose de rodillas exclamó: - ¡Viva María Santísima y viva su merced, que es el amo de toitico el mundo! - Levántate; déjate de zalamerías, y dime qué se te ofrece...
Sucedía que, cuando yo llegaba a la casa, era ella quien primero corría a recibirme, llena de sonrisas y zalamerías: «¿Y mis bombones?».
Su madre le llevaba siempre pegado a sus faldas, le recortaba figuras de cartón, le contaba cuentos, conversaba con él en monólogos interminables, llenos de alegrías melancólicas y de zalamerías parlanchinas.
A don Anacleto, astuto y pobre como era, no se le podían escapar las grandes ventajas que le podía atraer el tener para compadres, gente de mayor fortuna que él, lo que no era muy difícil, por cierto, y lo que supo conseguirá fuerza de hábiles zalamerías.
La semana pasada estuvieron visitando todas las tiendas de joyas, él de mal modo y regañándola, ella haciéndole mil zalamerías para decidirlo.
En segundo lugar, siento muchísimo que me hable usted con tanta conmiseración y blandura; pues yo no entiendo de suavidades, zalamerías ni melindres.
Como verás, sólo le llenaba de gozo el fraude de calidad, las sutilezas y zalamerías de los verdaderos clérigos de San Nicolás, los viejos trucos de maese Gonin, que conservaban su gracia y su ingenio desde hacía doscientos años, y que Villon, el villonense, era su compadre y no los salteadores de caminos como Guilleris o el capitán Encrucijada.
¿No le parece a usted, señor Ballén, que si el pobrete padre Adán hubiera tenido a mano una caja de coquetas o de aprensados, maldito si da pizca de importancia a las zalamerías de la remolona serpiente?
l zorro, viendo que se hacía cada día más difícil penetrar en los gallineros por lo bien que los perros los guardaban, trató de utilizar los recursos de su diplomacia para conseguir por astucia lo que la violencia ya no le podía dar. Se acercó con mil zalamerías al guardián de un gallinero, que lo era un gran perro danés con cara de pocos amigos.
Llegóse a poco al lugar del conflicto, sentóse junto a la camilla y principió a hacerle mil carantoñas y zalamerías a su Maestro.
Si en vez de relatar una crónica escribiéramos un romance, aunque nunca nos ha dado el naipe por ese juego, enjaretaríamos aquí un diálogo de novela. Afortunadamente, un narrador de crónicas puede desentenderse de las zalamerías de enamorados e irse derecho al fondo del asunto.