yelmo


También se encuentra en: Sinónimos.

yelmo

(Del germ. helm.)
s. m. HISTORIA Parte de la armadura que cubría la cabeza y la cara.

yelmo

 
m. Parte de la armadura antigua que resguardaba la cabeza y el rostro.
zool. Molusco gasterópodo (Cassidaria echiphora).

yelmo

('ʝelmo)
sustantivo masculino
parte de la armadura que protege la cabeza El yelmo tenía una visera móvil.
Traducciones

yelmo

helmet

yelmo

Elmo

yelmo

Helm

yelmo

casque

yelmo

helm

yelmo

خوذة

yelmo

hełm

yelmo

каска

yelmo

头盔

yelmo

頭盔

yelmo

helma

yelmo

hjelm

yelmo

ヘルメット

yelmo

헬멧

yelmo

hjälm

yelmo

SMhelmet
Ejemplos ?
Volad, que yo no os detenga; volad, señor, os suplico, vuestro nombre y vuestra fama son antes que yo y mis hijos.» De tal labio, don Alonso, al escuchar tal aviso, que fue del honor espuela y del amor incentivo, en sí torna, se resuelve, y dando un largo suspiro, como lo da el que cansado sale de un profundo abismo: «Decís bien, señora -exclama-; mas venid a ser testigo de que pago cuanto debo a Dios, a vos y a mí mismo.» Cálase el yelmo; del brazo en frenético delirio ase a la dama, que aprieta contra su seno a los niños.
Respóndele el rey: «Rendido a otro español estoy antes, y que soy el rey de Francia para tu gobierno sabe.» Sorprendido el granadino de aventura tan notable, «¿A ese español -le pregunta- habéis dado prenda o gaje?» «Le di solo mi palabra, que mi palabra es bastante -contesta el rey-; si quieres, toma mi espada y mi guante, »y sácame del caballo y ayúdame a levantarme, que la visera me ahoga y esta pierna se me parte.» Ávila toma las prendas destilando fresca sangre, echa pie a tierra, y ayuda al rey con trabajo grande, y levántalo, y el yelmo le desencaja al instante para que le dé en el rostro, que lo ha menester, el aire.
No cesa aquí; y su acero cuanto pilla deshace, sea yelmo o cota o malla; a aquel le raja frente, a aquel mejilla; a estotro rompe cráneo o brazo talla; del cuerpo el alma a miles desengrilla y mueve nueva vez a la batalla a aquella gente vil y espantadiza que huye sin orden de su propia riza.
Marchaba el caballero --os refería--- sobre un corcel bizarramente armado, de la vil Orrigila en compañía, vestida en traje azul de oro bordado. Dos lacayos también, a los que hacía portar yelmo y escudo, había al lado.
El rey le dijo: «Valiente, por él te doy de rescate seis mil ducados de oro, y más, si en más lo estimares.» Y contestole el gallego: «Guardarele, que colgarle de mi emperador al cuello podré yo, temprano o tarde.» En esto llegaban otros soldados sin capitanes, con la victoria embriagados, cebados con el pillaje, y en su sagrada persona ponen sus manos rapaces; la veste del rey desgarran, sus preseas se reparten, y le arrebatan del yelmo la bandereta y plumajes, que la codicia villana no guarda respeto a nadie.
la rodela apoyábase en la rodela, el yelmo en otro yelmo, cada hombre en su vecino, y chocaban los penachos de crines de caballo y los lucientes conos de los cascos cuando alguien inclinaba la cabeza.
Como el obrero junta grandes piedras al construir la pared de una elevada casa, para que resista el ímpetu de los vientos; así, tan unidos estaban los cascos y los abollonados escudos: la rodela se apoyaba en la rodela, el yelmo en el yelmo, cada hombre en su vecino, y los penachos de crines de caballo y los lucientes conos de los cascos se juntaban cuando alguien inclinaba la cabeza.
Acometiéronse, y Pisandro dio un golpe a Menelao en la cimera del yelmo, adornado con crines de caballo, debajo del penacho; y Menelao hundió su espada en la frente del teucro, encima de la nariz: crujieron los huesos, y los ojos, ensangrentados, cayeron en el polvo, a los pies del guerrero, que se encorvó y vino a tierra.
De la batalla lo apartó ha ya tiempo deseo de beber y hacer reposo; mas resta, a su pesar, del contratiempo de ver que por beber avaricioso cayó el yelmo en el río por descuido y aún de él rescatarlo no ha podido.
Navarro Ledesma Rey de los hidalgos, señor de los tristes, que de fuerza alientas y de ensueños vistes, coronado de áureo yelmo de ilusión; que nadie ha podido vencer todavía, por la adarga al brazo, toda fantasía, y la lanza en ristre, toda corazón.
Ora por nosotros, señor de los tristes, que de fuerza alientas y de ensueños vistes, coronado de áureo yelmo de ilusión; ¡qué nadie ha podido vencer todavía, por la adarga al brazo, toda fantasía, y la lanza en ristre, toda corazón!
En la sangrienta batalla de Chupas y cuando la victoria se pronunciaba por los almagristas, Francisco de Carbajal, que mandaba un tercio de la alebronada infantería real, exclamó arrojando el yelmo y la coraza y adelantándose a sus soldados: «¡Mengua y baldón para el que retroceda!