Ejemplos ?
-Muchas gracias, pero yo no tengo gaitas de meterme en esas faenas de costura. -Ya lo creo que vendrás en cuantito yo te diga quién es el que va a acompañarnos, además de mi hermano Curro.
La policía parisina ha hecho estas cosas muy a menudo antes. —Ya lo creo; y por esa razón no desespero. Las costumbres del ministro me dan, además, una gran ventaja.
Tú hazte la sueca... ¡Ya lo creo que se haría la sueca, y loca de contento! Y el viejo se acostumbró a la presencia de Ignacia a la hora del café, a su pico fresco y vivaz, a sus entrometimientos de mal tono, pero chuscos y divertidos.
Ni frecuentaba cafés ni sitios públicos, y se le olvidaba sin sentir, entre la penumbra telarañosa que envuelve a las seminotoriedades, de las cuales nadie se acuerda, como no sea para exclamar enfática y distraídamente: «¡Ah! ¡Ya lo creo!
Viene a probar -hipó Germana, levantándose. -¿Vas a recibirla? -reprobó la hermana mayor. -¡Ya lo creo!... Y Germana, limpiándose las lágrimas, salió aprisa. -¿Llora usted?
Será en Puygarrig, pues la señorita de Puygarrig es con quien se casa su hijo. Estará muy bien, ¡ya lo creo! Me había recomendado al señor de Peyrehorade mi amigo, el señor de P.
Enrique Lorenzana, el socio de Botwell, con quien estuve en Ginebra, vino aquí anoche y me dijo al entrar y verme: ¡Eres otro hombre del que vi en Suiza; estás rosado y fresco como una miss y se te ríen los ojos!... Ya lo creo que soy otro hombre...
Rivington me lo ha dicho en tono despreciativo y yo que lo sé mejor que él me sonrío al pensar en el desprecio que revelaba su voz al decírmelo. No soy práctico, ya lo creo, y los hombres prácticos me inspiran la extraña impresión de miedo que produce lo ininteligible.
Pero, ¡qué diantre!, como ella no estaba en el secreto y se veía ministra, también debía alegrarse muchísimo. Ya lo creo que se alegraba.
-Sí, barinio. -Ese traje, ¿te gusta más que el que tenías? -Ya lo creo, barinio. -Dime si deseas algo más... Toma -añadió el conde, poniéndole en las manos algunos kopecks.
Emma se desplomó más abatida que si hubiese recibido un mazazo. Él se paseaba desde la ventana a la mesa, sin dejar de repetir: ¡Ah!, ya lo creo que lo enseñaré...
Después se quedaron sentados, uno en frente del otro, en los dos rincones de la chimenea, inmóviles, sin hablar. Emma se encogía de hombros y pataleaba. Él la oyó murmurar: Si estuviera en tu puesto, ya lo creo que los encontraría. ¿Dónde?