Ejemplos ?
Pero, volviendo a los banquetes, antes de que se me vaya el santo al cielo por echar una mano de político palique, si bien no lucía en ellos la pulcra porcelana, se ostentaba en cambio la deslumbradora vajilla de plata; y si se desconocía la cocina francesa con todos sus encantos, el gusto gastronómico encontraba mucho de sólido y suculento, y váyase lo uno por lo otro.
¿Ese collar usted no se lo regaló a la sirvienta poco antes de casarse con él? Así me dijo él. Que usted le regaló el col lar y la vajilla de plata... y el cheque de diez mil pesos que le regaló el otro...
Sólo con Becerra enviaba Vaca de Castro a su mujer cinco mil quinientos cincuenta castellanos de oro, amén de esmeraldas y vajilla de plata.
Al presentarse don Antonio de visita en la casa donde se hospedaba el virrey, no lo hizo con las manos vacías, sino llevando de regalo a su excelencia una copiosa vajilla de plata, que representaba el valor de veinte mil duros.
Si desea brillantes vasos de oro, vajilla de plata ennoblecida con el sello de un artista antiguo; esos platos de bronce, considerados preciosos por el capricho de algunos; un rebaño de esclavos, capaz de hacer estrecho el palacio más grande, bestias de carga dispuestas con fingida gordura, pedrerías de todas las naciones; en vano reunirás todo esto para él, porque no conseguirá satisfacer su alma insaciable.
Metieron brazos los alguaciles, y después de sacar algunas espuertas de tierra, apareció una gran petaca que en su vientre guardaba una rica vajilla de plata labrada y media docena de talegos preñados de reales de a ocho.
El mimado niño llevaba un cincho con sesenta onzas de oro para sus gastos menudos, y un equipaje de príncipe en cuatro mulas cargadas con baúles de ropa, vajilla de plata cendrada, cama almofrej y provisiones de boca, amén de dos criados para su servicio...
Grande es aquel que se sirve de una vajilla de arcilla como si fuera de plata, no menos grande es aquel que utiliza una vajilla de plata como si fuera de arcilla.
Necesito indispensablemente mil reales, y retirar, siquiera hasta mañana, mi diadema de perlas y mis brazaletes para esta noche: en cambio vendrá una vajilla de plata y cuanto tengo en casa.
Era doña Feliciana lo que se llamaba una mujer muy de su casa y que, a pesar de ser rica hasta el punto de sacar al sol la vajilla de plata labrada y los zurrones de pesos duros, no pensaba en emperejilarse, sino en aumentar su caudal.
Despida criados, mande a su casa la vajilla de plata, no tenga más ropa que la puesta y la que en el maletín le quepa, aprenda a dormir sobre el suelo a falta de mejor cama, y resígnese a ayunar, que la vida de la milicia no es de regalo como la de los frailes.
A la sirvienta le regaló un collar de perlas que valía cinco mil pesos. A los porteros del departamento toda la vajilla de plata.