Ejemplos ?
Estaba muy sucia, polvorienta y primitivamente amueblada, pero tenía una elegancia que indicaba que no era el tugurio de un plebeyo.
Mirad cuál radia en mi tugurio estrecho La limpia luz de la esperanza mía; Mirad cuál vela en mi desierto lecho Con su cariño maternal MARÍA.
El cuitado, entre si rabio o lloro, guarda rifle y flechas bajo la estera del camastro calandrajiento donde dormía, por allá en el rincón más oscuro del tugurio.
Inútilmente los muchachos, para desesperarlo, tiraban piedras a su tugurio; en vano los pajecillos y hasta los hombres de armas del próximo palacio pretendían aburrirlo, llamándole con los nombres más injuriosos, o las viejas devotas de la feligresía se santiguaban al pasar por el umbral de su puerta, como si viesen al mismo Lucifer en persona.
Amo tu nariz de estatua griega que revive al invadirse de turgencias donde citas resoplidos de huracanes y me encrespas lo que ya dormita. Amo el cigarro que a escondidas de tugurio derramas en tu afán de día sin besos, luego de tanto labio turbio.
Oye, noble ciudad, luz de Cantabria: Basta a cubrir las llagas de tu pueblo Un trozo de tu regia vestidura; Rásgale, pues, y en tu esplendor no olvides Que esos del nauta sórdidos harapos, De su viejo tugurio suspendidos Y por el vendaval y por los soles Y por el golpe de las olas rotos, Te hicieron grande, poderosa y rica.
Como el viejo vagabundo, chapaleando en el lodo Sueña, husmeando en el aire, brillantes paraísos; Su mirada hechizada descubre una Capúa En cuanto lugar la candela alumbra un tugurio.
Treinta años pasó en la oscuridad de un roñoso tugurio, sin aire, sin descanso, sin libertad y mal alimentado, con el pensamiento fijo constantemente en el norte de sus anhelos.
Yo así la erré, forjándome quimera tras quimera: y el caso en suma no era ni enigma de la esfinge, ni embrollo de Babel: un español con su hijo vivía, al mundo extraño, hacía más de un año en el tugurio aquel.
Los domingos podía descansar, pues en cuanto había terminado sus quehaceres más indispensables, entraba en el tugurio que la habían destinado; y una vez cerrada la puerta, se quitaba el pellejo de asno, se peinaba, se adornaba con sus joyas se ponía unas veces el vestido de luna otras el de sol o el de cielo, si bien el espacio era reducido para la holgada cola de tales trajes.
espués de una semana de zarandeo, del Gobierno Civil a las oficinas municipales, y de las tabernas al taller donde él trabajaba -es un modo de decir-, preguntando a todos y a «todas», con los ojos como puños y el pañuelo echado a la cara para esconder el sofoco de la vergüenza, Dolores, la Cartera -apodábanla así por haber sido cartero su padre-, se retiró a su tugurio con el alma más triste que el día, y éste era de los turbios, revueltos y anegruzados de Marineda, en que la bóveda del cielo parece descender hacia la tierra para aplastarla, con la indiferencia suprema del hermoso dosel por lo que ocurre y duele más abajo...
Sus nexos sociales no pasaban de la compra, no siempre cotidiana, de pan y combustible, en algún ventorrillo cercano; del trato con su escasa clientela, y de sus entrevistas con el terrible dueño del tugurio.