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¿No es verdad, Simmias, que si alguno llega a conseguir conocer la esencia de las cosas, tiene que ser este de quien estoy hablando? Tienes razón, Sócrates, y hablas admirablemente.
He estado en el fuego y en el agua, metida en la negra tierra, y he subido a alturas que muy pocos han alcanzado, y ahí me tienes ahora en esta jaula, expuesta al aire y al sol.
Incorporóse María Vicenta, andando como una autómata; fue al cajón de su máquina de coser y, de entre carretes revueltos y retales de indiana arrugados, sacó un envoltorio de papel que contenía calderilla. -Ahí tienes -dijo, de un modo inexpresivo, al cantero.
Así, pues, haz testamento en dos minutos y encomienda el alma en otros dos. ¡Preparen! ¡Apunten! Tienes cuatro minutos. - Voy a aprovecharlos...
¡Yo soy tan Condesa como la del Montijo y tan Generala como la del Espartero! -Tienes razón; pero hasta que el Gobierno resuelva en este sentido el expediente de tu viudedad, seguiremos siendo muy pobres...
-Sabes, le dijo Phaidros de Myrrhinos, interrumpiéndole, que siempre me presto a tu opinión, principalmente cuando hablas de medicina, pero hoy tienes que reconocer que todo el mundo está muy razonable.
Cuando volví a hallarlo en Hollywood, ya estaba casado. —Aquí tienes a mi mujer—me dijo echándomela en los brazos. Y a ella: —Apriétalo bien, porque no tendrás un amigo como Grant.
“¡Y bien! Estáte pues con nosotros, oh joven. ¿Tienes madre, padre?” “No tengo”, dijo él. “¡Y bien! Nosotros te emplearemos otra vez mañana para señalarte uno de nuestros árboles para pilar de nuestra casa”.
Carvajal: -Vamos a redactar un borrador. Pinochet: -¿Tú tienes algunas informaciones que darme? Carvajal: -Sí, te voy a dar una información.
-Ahora entenderás... ¿No tienes hijos, Julio? -interrogó ella derramando dulzura y compasión, y, por extraña mezcla, despecho involuntario.
Volvieron a llamar a esto a la puerta de la calle, e instantáneamente la abrió Teresa, lo cual demostraba que no había dado un paso desde que se marchó la visita; y entonces se oyeron estas exclamaciones de Angustias: -¿Por qué nos aguardabas con el picaporte en la mano? Mamá, ¿qué tienes?
Aquella le cocía y comía los ojos y la lengua y el cogote y sesos y la carne que en las quijadas tenía, y dábame todos los huesos roídos, y dábamelos en el plato, diciendo: “Toma, come, triunfa, que para ti es el mundo. Mejor vida tienes que el Papa.” “¡Tal te la de Dios!”, decía yo paso entre mí.