sordera


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sordera

s. f. MEDICINA Pérdida o disminución de la facultad de oír.

sordera

 
f. pat. Privación o disminución de la facultad de oír.

sordera

(soɾ'ðeɾa)
sustantivo femenino
medicina pérdida o disminución del sentido del oído padecer sordera de nacimiento
Sinónimos

sordera

sustantivo femenino
cofosis (medicina).
Traducciones

sordera

deafness

sordera

surdité

sordera

Taubheit

sordera

doofheid

sordera

surdez

sordera

الصمم

sordera

глухота

sordera

耳聋

sordera

耳聾

sordera

døvhed

sordera

청각

sordera

dövhet

sordera

SFdeafness
sordera profundaprofound deafness

sordera

f. deafness.

sordera

f deafness
Ejemplos ?
k) Trastornos auditivos, tales como sordera completa unilateral, si el otro oído no percibe ya la palabra normal a un metro de distancia; l) Enfermedades graves del metabolismo, por ejemplo: diabetes azucarada que requiera tratamiento de insulina; etc.
2) Todos los casos indiscutibles que den derecho a la repatriación directa (amputación, ceguera o sordera total, franca tuberculosis pulmonar, enfermedad mental, neoplasma maligno, etc.) serán examinados y repatriados lo antes posible por los médicos del campamento o por comisiones de médicos militares designadas por la Potencia detenedora.
Tiempos desiertos para todos los predicadores; tiempos sordos, que no quieren oír sermones de ningún género: los únicos medios de manejarlos son el palo, el oro, y la risa: agentes invencibles que se abren paso por dondequiera, y para los cuales no hay desiertos, porque a la elocuencia del palo, nadie es insensible; nadie es ciego a la luz del oro, ni sordo al susurro formidable de la risa. En saliendo de aquí, ya todo es sermón, es decir, sueño, aburrimiento, sordera, ininteligencia, pérdida de tiempo, desiertos.
Sócrates: Y si me preguntases lo mismo sobre el ojo respondería igualmente, que está bien cuando tiene buena vista, y mal cuando tiene ceguera; sobre los oídos lo mismo, que están bien cuando tienen todo lo que necesitan para oír, sin ninguna disposición para la sordera.
El diputado que tal dijo era un venerable anciano, orador tan famoso por lo agudo de sus ocurrencias como por lo crónico de su sordera, achaque que lo obligaba a nunca separarse de su trompetilla acústica.
Una poción cuya receta procedía de los indios pieles rojas, que la usan para insensibilizarse cuando les torturan, suprimió el tacto y abolió el olfato y el gusto del millonario mozo. Tapones hábilmente colocados interceptaron los ruidos y le produjeron completa sordera.
Pero habiéndole acometido una enfermedad de sordera, que le inutilizó tan singulares dotes para el exacto desempeño de aquel destino; el mismo gran Rey, que no podia olvidar los servicios de tan benemérito literato, le confirió una Canongía, y la Maestrescolía de la Iglesia Primada de Toledo, en donde pasó el resto de sus dias incesantemente dedicado al estudio y cultivo de todo género de letras, hasta el instante último de su laboriosa vida, que feneció en 20 de diciembre de 1602 á los setenta y ocho años de edad, con general sentimiento de los hombres doctos, y principalmente de los que profesaban las letras humanas, que perdieron en él un oráculo vivo de las Musas griegas y latinas.
Todos oían el himno de los astros que descubrió Pitágoras; sólo él, Aquiles Zurita, estaba privado, por sordera intelectual, de saborear aquella delicia; pero en compensación tenía el consuelo de gozar con la fe de creer que los demás oían los cánticos celestes.
Un eco que se convierte en muchas voces, en una red de voces que, frente a la sordera del Poder, opte por hablarse ella misma sabiéndose una y muchas, conociéndose igual en su aspiración a escuchar y hacerse escuchar, reconociéndose diferente en las tonalidades y niveles de las voces que la forman.
Miss Betsey, persistiendo en una sordera inquebrantable, reanudó su discurso: -Estaba a la vista, desde muchos años antes de que usted la conociera (y está por encima de la razón humana) el comprender por qué ha entrado en los planes misteriosos de la Providencia el que usted la conociera; era natural que aquella pobre criatura volviera a casarse un día; pero yo esperaba que no le saliera tan mal.
En tanto que gritaban, la abadesa llegó dándose priesa, en brazos de dos monjas apoyada, con el peso encorvada de ochenta y cinco años, que le habían causado, entre otros daños, almorranas, ceguera, algo de perlesía y de sordera, y una pronunciación intercadente por hallarse su boca sin un diente.
Mientras extiende por sus mejillas una fina capa de colorete, no cesa de regañar al huérfano que, tímido y cohibido, permanece silencioso en el umbral de la puerta. —¡No he visto sordera como la tuya; cada vez que te llamo, casi echo abajo la casa a gritos!