Ejemplos ?
¡Agradecerlas... y sonreír! Porque ya habrá observado que yo no soy llorona...; razón por la cual en su retrato de las Angustias sobra aquello de las lágrimas de cocodrilo...
-exclamó el viejo, y tras algunos instantes de silencio, continuó: -Pos como diba diciendo, la Antoñuela, que tenía un carácter to cascabeles, desde punto y hora en que vio por vez primera al Niño le gustó el Niño, lo cual no tiée naíta de particular, porque el Niño, dicho sea mejorando a los presentes, no tiée mal perfil ni malas jechuras, y le ha puesto Dios en el mo de mirar y en el mo de sonreír la mar...
Contemplaron sin dejar de sonreír los allí reunidos al Matraca, y -Si ya lo sabemos, si yo lo conozco a usted mucho de vista, porque me parece que lo he visto yo a usté retratao la mar de veces en las cajillas de misto -exclamó con grave y reposada actitud uno de los de la guardia pretoriana del de los Bigotes.
Habló poco, con tono malhumorado y haciendo un gran esfuerzo. Aventuré una broma y vi que luchaba penosamente por sonreír. ¡Pobre diablo!
- No sabía que los gatos de Cheshire estuvieran siempre sonriendo. En realidad, ni siquiera sabía que los gatos pudieran sonreír.
—En la guerra son necesarios esos bandidos. ¡Pero claro, como esta no es una guerra sino una farsa de masones! No pude menos de sonreír. —¿De masones?
Toda mi doctrina está en una sola frase: ¡Viva la bagatela! Para mí haber aprendido a sonreír, es la mayor conquista de la Humanidad.
Me costará mucho acomodar sus cuentos a su cara. Yo, sin poder sonreír, hacía movimientos afirmativos como un caballo al que le molestara el freno.
¡Pero, es que no hay nada!» Salió de la pastelería mordiéndose los labios de rabia y, en contra de sus hábitos, decidió no mirar ni sonreír a nadie.
Precipitadamente, las criaturas aparecieron en la puerta entreabierta; pero ante el farol encendido y la fisonomía de su padre, avanzaron mudos y los ojos muy abiertos. El enfermo tuvo aún el valor de sonreír, y los chicos abrieron más los ojos ante aquella mueca.
La idea de que un hombre como Sócrates iba a morir me producía una mezcla extraña de pena y placer, lo mismo que a todos los allí presentes. Lo mismo nos habrías visto sonreír unas veces como prorrumpir en llanto, sobre todo, uno: Apolodoros, cuyo humor conoces.
Y después de haber contemplado el panorama penetren los que nos siguen en la venta de San Cayetano, no sin quitarse antes el sombrero ante la imagen del Santo encerrada en una tosca hornacina; saluden a la ventera, una cuarentona renegrida por el sol y picardeada por sus tratos y contratos con la arriería andante; al ventero, un hombrecillo todo nervios y marrullerías, de solapado sonreír y de mirar malicioso...